Posteado por: gorkairiondo | octubre 14, 2010

Una tarde de cine

Tres películas y una sensación que escala sobre las demás, como si se tratara de un casteller que busca la cima del Castell: La amargura. Una constatación más, para mi teoría de las parejas viciadas, que no viciosas.

Abro la puerta de mi habitación y salgo al exterior como un loco desquiciado, ansioso por inspirar a pleno pulmón todo el oxígeno de la tierra, tras pasar una tarde entera a oscuras, sumergido en una sesión de cine-club privada. Una excentricidad peligrosa, que me ha inoculado un extraño gas transparente en mis venas… Y no me he convertido en Hulk, me he vuelto mejor persona…

¡Que no te confundan mis pelos alborotados, ni mi pijama verde!

¡Que no te confundan mis ojos fuera de sus órbitas, ni mis gritos sordos, como los de un cómic!

No seré yo quien lleve la contraria a uno de mis maestros en la sombra. El idealista, que no iluso, Saramago. El autor de “La caverna” consideraba, que tras leer “Guerra y paz” de Tolstói, eres mejor persona. Y por el contrario, cuando lees un buen reportaje periodístico, sólo estás mejor informado…

Hoy casi no he leído el periódico, y por supuesto, que no quiero comparar la aplaudida novela rusa, con las tres películas que me han arañado entre luces. Ni mucho menos. Las comparaciones siempre son odiosas, para una de las partes. Pero sí quiero apuntar, al menos, que son películas dignas, que merecen mucho la pena, que no te arrepentirás de haberlas visto. Y además, tampoco yo, soy Saramago…

Todo comenzó cuando me desplomé en la cama…

Como todas las buenas historias en esta vida. Parece que hayan pasado años, y sólo han sido unas pocas horas…

Me tumbé dispuesto a disfrutar como nunca, una tarde cualquiera. Tenía ganas de ver buen cine después de unos cuantos tropiezos palomiteros.

Lo primero que mis ojos de mercadillo enmarcaron en la pantalla plana, fue el nombre de David O´Selznick, ¡Bien! pensé, el productor de productores, el forjador de cintas míticas, como “Lo que el viento se llevó” o “Rebeca”, el hombre, cuyos trabajos, seguí como la rata que persigue al flautista de Hamelín. Al sentir la marca de ese sello en mi piel, me relajé, fue la póliza de seguros que necesitaba para apagar el móvil. Que nada ni nadie, me moleste.

Segundos más tarde, apareció el título, “The portrait of Jennie”, “El retrato de Jennie”. Una historia que yo desconocía, lamentablemente, una película de la que no había oído hablar hasta no hace mucho. No sé a qué esperas, para hacerte con una copia… rumié aquella vez.

Es un relato poético y misterioso, un delicado cuento que te empapa como pocos, emocionándote, una ensoñación que permanecerá tatuada en tus neuronas. O quizás sea, una insólita realidad romántica, incomprensible para unos, y envidiada por otros. Quién sabe. La única certeza, es que su intensa belleza te abraza con energía durante 86 minutos. Y luego, te suelta, exhausto y desamparado…

Si eres de los que piensan, que no es fácil encontrar a la persona ideal porque puede haber nacido en Ciguatanejo, o en Bombay, aquí encontrarás una losa más. O la solución a tus problemas…

Espacio, tiempo, palabras unidas por la física, que arrastran enigmáticos secretos…

¿Y si la madre de la persona que te podría hacer feliz, no la trajo al mundo en tus 15 segundos de gloria, pisando esta tierra? ¿Qué oscura broma del destino, quiso que viviera perdida y desdichada, un siglo antes, o naciera inocentemente, cuatro años después de tu muerte? ¿Te conformarás con la chica guapa del baile, o esperarás un milagro?

La sesión continua, se interrumpió lo que tarda Tele 5 en inventar una nueva historia de Belén Esteban. Tres o cuatro minutos. Los suficientes, para ir a la cocina a por algo de chocolate. Un par de bombones.

Y como el magistral León Tolstói señaló, años ha, que “el verdadero amor supone siempre la renuncia a la comodidad personal”, y yo soy un rebelde, fiel defensor de la revolución pasiva, me hundí nuevamente en mi cama disfrazada.

Pulsé el play en el reproductor, y al poco, en letras blancas sobre fondo negro, resucitó una vez más, el título de mi segunda elección para esa tarde, “The Dead”, “Los muertos”, de John Huston. Uno de los relatos de la inmortal colección, “Dublineses”, de James Joyce.

(Importante: Si  has visto “los muertos”, o tienes previsto ignorarla un par de décadas más, te recomiendo y suplico, que sigas leyendo. En caso contrario… Será responsabilidad tuya, si destripo algo… Avisado quedas, luego no cierres los ojos con fuerza, para sentir el huracán de energía destructiva que emergerá a tu alrededor, y más tarde, por favor, no busques  las llaves del coche, para venir a asesinarme… porque yo soy agua… Me lo dijo Bruce Lee.)

Al final del largometraje, Anjelica Huston, se queda embelesada, conmovida, mientras baja las escaleras. Escuchando, The Lass of Aughrim, una típica canción irlandesa, interpretada fenomenalmente, por uno de los invitados a la cálida fiesta familiar, en la que tan bien se lo ha pasado. Se queda de piedra. Es un pellizco en su corazón momificado, el despertador que le recuerda quién fue, quién es, quién debió haber sido. Es una mujer madura, que a primera vista, podría causar envidia o admiración. Y los siguientes mil repasos, no desanudarían la tela negra que tapa tus ojos, porque tiene y ha tenido, todo lo que se puede desear. Hasta un marido fiel, que adora las piedras por donde pisa; encantador, culto, comprensivo, inteligente y de economía desahogada…

Y sin embargo, de repente, se queda sin aire, no olvida a aquel adolescente que perdió la vida, tras entregarle el alma, no ha borrado de su memoria el rastro de aquella noche que decidió dejarse llevar por la corriente. Al llegar al hotel, en un elegante coche de caballos, se derrumba. Deja de mentir a su marido. Mentir por omisión…

¿Cuántas parejas aparentemente felices, no lo son? ¿Cuántos maridos, “traicionados”, existen? ¿Cuántas mujeres? ¿Cuántos de ellos, compran el pan con una sincera sonrisa? ¿Preferirías saber que no eres el amor de su vida, o permanecer en la bendita y saludable, ignorancia? ¿Qué harías, pequeño limón, si te encuentras con esta “farsa”, después de tantos años? ¿Puede un secreto arrancar de cuajo, lo que durante tanto tiempo os ha unido, hasta ver cómo se desvanece todo? ¿Cuántas parejas aborregadas conoces en tu burbuja del día a día? ¿Cuánta ficción hay en la realidad? ¿Cuántas personas pulverizadas por dentro, con un Pepito Grillo gritón y enfermo de incontinencia verbal, intentan ser felices y acaban despedazando a otros?

Un secreto que podría cambiarlo todo, una pasión olvidada, por la rutina del laberinto…

Hasta que una canción, un olor, o una sensación, te da un par de collejas, ¡Despierta! Cuando ya es demasiado tarde. O no…

Los últimos minutos de la película, son la cosecha intelectual, de una vida regando pensamientos. Y nosotros podemos aprovecharnos…

¡Seamos egoístas!

Fue una tarde que dejó huella…

En mi barriga. No contento, con guardar dos bombones más en la bolsa de provisiones, una botella de 2 litros de Coca Cola y mezclas de Mistercorn…

Abrí el armario de las chuches. Y ésa es la gran perdición…  ¡Siempre!

Rodeado de golosinas, caramelos, bombones, mezclas, nubes rosas y bebidas burbujeantes, una escena que ahuyentaría del barrio a cualquier monaguillo de la generación “light”, enfoqué mi atención en la tercera de las películas. “El lector”.

Es la historia de una humilde señora Robinson, alemana para más señas, que mantiene una tórrida aventura con un joven estudiante de instituto, en los años posteriores a la segunda Guerra Mundial. Lo que en principio eran encuentros sexuales, evolucionan hacia campos más libres. Buscan el placer de la compañía, el de la literatura…

Sus cuerpos desnudos, el muchacho leyendo en voz alta La Odisea de Homero, a su cautivada amante, el encanto de lo prohibido…

La diferencia de edad, parece el gran obstáculo, el gran muro, pero no lo es…

De pronto, un día, ella desaparece del pequeño pueblo en el que vivían…

Él siente la frustración, el desconcierto y la impotencia del abandonado.

Años más tarde, estudia derecho, y viaja a Frankfurt, con su profesor y sus compañeros, para asistir a un juicio, en el que están acusados algunos de los funcionarios nazis que trabajaron en los campos de concentración de Auschwitz. Se enjuicia un asesinato en masa.

Puedes imaginar, quién está sentada en una esquina del banquillo…

¿Podrías enamorarte de un monstruo?

Obviamente, sí.

¿Hasta qué punto perdonamos o justificamos, las atrocidades de nuestro ser amado?

¿Qué derecho tenemos a hacer feliz a un ángel del mal? ¿Dónde están los límites?

¿Podemos aceptar nuestra desorientada equivocación, sin sentir remordimientos? ¿Podemos luchar contra el amor? ¿Llegamos a conocer la naturaleza misma de las personas que amamos? ¿Cuántas parejas se habrán desgarrado en silencio, por culpa de los amores imposibles, que viven bajo otro techo?

Son tres historias, que me han animado a reflexionar. Me han pinchado con alfileres de oro. Acaricio la barbilla, meditabundo, con la mirada perdida. Y en mi mente, Indiana Jones, sortea peligros, grandes bolas que podrían aplastarme…

No estoy muy acostumbrado a usar el látigo, para obligarme a profundizar más, por lo que tengo más preguntas que respuestas…

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Tampoco soy Sócrates. Una pena. Algo que habrás deducido porque sé leer y escribir, aunque sea mal…

Y de vez en cuando, viajo. Aunque sea poco…

Ahora mismo, a quien más me parezco es al gran Don Alfredo, no al asombroso Di Stéfano, sino al perturbador Hitchckock. Por el barrigón, obviamente.

Continúo creyendo a pie juntillas, y subrayando con rotulador de punta gruesa, mi teoría de las parejas viciadas o conformistas, hasta que la realidad me demuestre lo contrario. Ojalá la Universidad de Toronto o la de Winsconsin se apiaden de mí, y pronto publiquen las estadísticas de este asunto.

Si hay que apostar, no creo que haya más de un 10% de parejas verdaderas en el mundo…

¡Hoy me he levantado optimista!

Cualquier otro día, habría tachado ese cero, que dicen, no sirve para nada…


Responses

  1. No me parece que Hanna sea un monstruo. Es un reflejo de la idea de incomunicación contemporánea. De hecho, el mismo Michael es más analfabeto que ella, pues cuenta con la herramienta que es el lenguaje, pero no la sabe utilizar ; un rasgo muy propio de la actulidad (Es como cuando Katharine, en El Paciente Inglés, le dice a Almásy: “Sabes tantas lenguas pero nunca hablas.”) Hanna es una víctima de las circunstancias, y desde allí reacciona para defenderse de un mundo que le es adverso. Ella también amó a Michael (pero él es quien cuenta la historia; en la novela, por lo cual lo hace desde su perpectiva), mas no supo cómo expresarlo a causa de las circunstancias que le impuso la sociedad, que te indica dogmaticamente qué requisitos debe cumplir el ser amado para que una relación sea considerada “correcta” y sea aprobada. Esta es el verdadero monstruo.


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