Posteado por: gorkairiondo | julio 29, 2009

BUEN VIAJE, GLO

El niño lloraba desconsolado.

Se le había escurrido el globo de helio de entre sus pequeños dedos. Un segundo de distracción, para recoger una piedra del suelo, había sido suficiente para que se produjera el gran desastre. Y ahora, el pobre globo desventurado, volaba rumbo a las escasas nubes que vestían el obsceno cielo sevillano…

Los cándidos ojitos del chiquillo, vidriosos y desesperados, seguían atónitos la ascensión de su amigo, observaba con un nudo en la garganta, incapaz de articular palabra, ni gritos lastimosos. Qué tristeza, qué desconsuelo podía verse en su carita inocente. Se llevó las manos a la cabeza, quiso mirar a su alrededor buscando ayuda, pero antes tuvo que secarse las lágrimas con el antebrazo. Nadie se había percatado de la catástrofe, seguían cotorreando y riendo, ajenos al vacío que se había apoderado de Andrés…

A sus 4 añitos, descubría por primera vez un sentimiento que le acompañaría a lo largo de su vida. Qué angustia, qué opresión en el pecho. El globo, arrastrado por el viento, se avistaba más lejos cada segundo, volaba más y más alto, un parpadeo, era suficiente para sentirlo aún más inalcanzable…

Así que el crío decidió no parpadear.

¡Era el fin! ¿Qué sería de él?

¿Llegaría a la luna, después de atravesar la atmósfera terrestre? ¿Aterrizaría en el planeta de los globos perdidos?

Pobre…

Y no era un globo cualquiera. No. Andrés lo había elegido. El vendedor de globos le enseñó más de 50, pero Andrés se encaprichó de ese globo verdiblanco, que no se veía a simple vista, que se suspendía en el aire oculto por otros más llamativos.

Con todo, sus astutos ojitos no se habían dejado engañar. Esas esferas de goma horteras, que atraían a otros niños de su edad, eran invisibles para él. Sus pícaros ojitos descubrieron lo que andaba buscando, aunque hasta ese día no supiera que lo buscaba. Encontró el mejor globo, y no por ser bético, pues Andrés era del Barça, como su padre, por ser especial. Fue un flechazo, amor a primera vista, y por tanto, inexplicable, lo sentía en su interior. Nada más verlo, Andrés esbozó una tímida sonrisa, y señaló con ese entusiasmo que sólo se puede encontrar en los niños, el objeto de sus deseos.

¿El objeto?

No, puede que los demás vieran un objeto, pero él veía un amigo.

¡Con qué alegría había paseado, llevando a su lado el globo verdiblanco! ¡Qué sonrisa de satisfacción! ¡Qué lleno se sentía! ¡Nada malo podía ocurrir, mientras ellos estuvieran juntos!

¡Era feliz!

Hasta que se agachó para recoger esa maldita piedra.

¿Y por qué? ¿Qué había motivado, que se agachara en busca de un trozo de adoquín? ¿Por qué su amigo estaba abocado a vivir una aventura que nadie había programado? ¿Era el destino? Sí, claro…

¡Andrés era un niño, pero no se había caído de un guindo!

El único destino posible en esta historia era Galicia. Menudo viaje le esperaba. El más allá. Finisterre.

Dios, qué lejos…

Ojalá un galleguiño de 4 años lo encontrara, pudiera cuidarlo, y disfrutar de él…

Ojalá, ojalá, ojalá. Pero que no se muera, que no explote…

¿Por qué?

Jo…

¿Por qué se fue?

Un pastor alemán al que Andrés ya había visto una hora antes cerca de la tienda de chuches, y que no le había gustado un pelo, se le había acercado al tran tran, como quien no quiere la cosa, disimulando. Y tras olisquear un poco sus ridículas zapatillas de mercadillo sin pedir permiso, creyéndose el rey del barrio, el emir de Sevilla, intentó morder a su amigo…

¡Quería pinchar el globo!

¡Por encima de mi cadáver!

Andrés había tratado por todos los medios de esconder a su compañero, incluso interponiendo su propio cuerpo, pero el perro saltaba una y otra vez, incansable, sus colmillos resonaban en el aire, no tardaría en hincar el diente a su globo verdiblanco si nadie hacía nada.

¡Y eso era un asesinato!

Por lo visto, sus padres no se percataban de la gravedad de la situación, inmersos en frívolas conversaciones con sus tíos, así que, alterado e impotente, no había tenido más remedio que defenderse por las bravas…

Se agachó en busca del pedrusco. Y fue entonces cuando sucedió la tragedia…

Soltó el lazo que sujetaba, para salvar in extremis al globo, de las garras del can. Un acto reflejo…

¿Había hecho bien? ¿Habría podido hacer otra cosa?

Él sabía que no. Fue un accidente inevitable.

Cada vez más pequeño, más alto, más lejano…

Jo…

Qué disgusto, Andrés observaba consternado mientras el globo de helio se perdía entre las nubes. Al fin, alguien borró el punto del cielo, esperando dibujar nuevas hebras de cabello blanco. Y justo en ese instante, Andrés dejó de gimotear. Contempló al chucho callejero. Después, sus manos vacías. Suspiró. Sintió rabia, odio. Sí, era un pastor alemán, pero para Andrés, ahora no era más que un chucho. El endemoniado perro sabía lo que había hecho, miraba al cielo sin perder de vista a Andrés.

Qué cara de tonto…

¿He sido yo?

¡Sí! ¡Has sido tú, miserable chucho!

Andrés cerró los puños, apretó los dientes, tenía que vengarse, aunque no supiera el significado de la palabra venganza…

No pudo reprimirse…

¿Y para qué iba a reprimirse?

¡Se abalanzó sobre el perro, en silencio, valiente como un kamikaze, mordiéndole una oreja! ¡Ñam!

Y apretó con todas sus fuerzas…

Una  niña de 14 años que había observado el desenlace de la escena, rescató al perro, cogiendo en brazos a Andrés, que estalló en llanto nuevamente. Trató de consolarle, apretándole contra su pecho dulcemente y acariciando sus mejillas coloradas, pero el berrinche era de campeonato. Y justificado…

El pastor alemán escapó lloriqueando, quejoso, intentando infructuosamente lamerse las heridas, sin terminar de entender nada…

Cuando Andrés volvió en sí, miró al cielo, ese cielo que se había tragado a su amigo…

Los niños nunca pierden la esperanza…

Y entre dientes, la niña escuchó una frase, arrancada del corazón del crío, por su frágil voz…

–          Buen viaje, Glo.


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