Posteado por: gorkairiondo | mayo 7, 2009

UN BARÇA DE LEYENDA

Los futboleros somos capaces de acariciar el cielo, la felicidad, sin movernos del sofá. Y no veo por qué debemos demonizar ese sencillo atajo…

¿Por qué tenemos que avergonzarnos?

¡Sócrates lo aprobaría! ¡Dios lo aprobará!

Ese atajo no siempre es cómodo, no creas, perdido lector de blogs, de hecho cuánto más fatigoso es el camino, más felices nos hace. A veces hay que sudar sangre, sufrir como un condenado a las galeras, gritar palabras que avergonzarían a una madre, liberar lágrimas de rabia e impotencia, derramar algo de cerveza, enzarzarse contra gigantes invisibles que quieren aplastar nuestras ilusiones…

Pero si después de todo eso, aún estás vivo…

 

¿Sabes a qué viene toda esta perorata?

Anoche se vivió un éxtasis de euforia y alegría en muchas casas y bares del mundo. El Barça empató en el minuto 93 un partido agónico, y superó una eliminatoria que parecía perdida. Semifinales de la Champions, nada más y nada menos. La competición por clubs más importante y más prestigiosa del planeta. La pesadilla del Real Madrid el sábado pasado, los verdugos con pañuelo de seda que ahorcaron a los blancos con el ya mítico 2-6, esos dignos sucesores del Dream Team de Johan Cruyff, eligieron otro gran escenario para regalarnos unas imágenes arrebatadoras, unos segundos que los buenos gourmets del balón, apreciaremos el resto de nuestras vidas. Stamford Bridge. Hasta entonces, sólo un equipo mimaba al público, sólo los jugadores más pequeños en estatura, salieron sin miedo, a cara descubierta, dispuestos a luchar noblemente, de poder a poder, con los puños y la barbilla en alto. Así despejaremos la incógnita, así encontraremos al mejor, al más justo finalista.

A pesar de conocer de antemano la franqueza de su adversario, el Chelsea se agazapó como los cobardes. Dirán que el árbitro los perjudicó, que fue un robo…

Pero los ladrones fueron ellos, que nos robaron el fútbol. Faltaban 15 minutos y cambiaron a Drogba por Belleti. Un delantero, por un defensa, no es una anécdota, jugaban contra 10. Un club que ha gastado cientos de millones de euros en relumbrantes estrellas, abocado a ser uno más. Buscando el triunfo de Grecia. Gloria sin honor. La victoria de los perdedores. El premio sin memoria. Cuando se aspira a la excelencia, hay que cruzar el despeñadero de la leyenda. Sólo los que buscan la perfección de la belleza son recordados. Los innovadores, los descubridores, los aventureros, los artistas, los soñadores…

A lo largo de la historia del fútbol, muchos equipos ganaron títulos, pero sólo unos pocos ocupan el santuario del buen aficionado, y no siempre levantaron los trofeos, dedicaron sus esfuerzos a cimentar sus principios, huyeron del rácano sueño de ganar por ganar, y optaron por el más difícil todavía. Optaron por ser fieles a ellos mismos…

Provocaron desmayos, detuvieron ciudades, países, mostraron que no todas las victorias son iguales, que la belleza no es una palabra, es una emoción, que la estética es una obligación, que sólo encontramos pureza y virtuosismo en la construcción, en la creación, en la obra, no en la destrucción…

Encontraron el tesoro. Y en el océano futbolístico, en ese mar enfurecido del profesionalismo sin compasión, navegan juntos en un velero pirata. Su bandera es el buen gusto. Y las velas, el placer que proporcionaron a la gente…

Recordamos a la Hungría que ganó en Wembley, a pesar de caer en la final del Mundial, por Puskas, Kubala, Kocsis, Czibor, cuatro años sin derrotas y una técnica que destrozaba defensas…

Brasil del 70 ganó el Mundial, igual que Italia en el 82, pero, ¿Qué aficionado en su sano juicio, se decantará por un partido de los segundos, cuando podamos disfrutar de Pelé y compañía, en algún estadio que construyan los ángeles sobre las nubes?

¡Ni siendo italiano!

Holanda 74 cambió el fútbol. Aquel mundial, se recordará por la naranja mecánica, será el mundial de Johan Cruyff. Sí, ganó Alemania, y disfrutamos de Beckenbauer, pero…

Los dioses tocaron con su varita a los tulipanes, y éstos nos hicieron disfrutar tanto…

El Real Madrid de Di Stéfanó maravilló a Europa, dominó con autoridad, dejó en las retinas de los seguidores partidos memorables, jugadas excelsas que aún evocan los más viejos…

El Dream Team, aquel equipo imperfecto, valiente y exquisito, enamoró a una generación. A la mía. Podría decir sin ruborizarme, que sus jugadores no se cansaron de dibujar sonrisas en mi cara. Esta vez no eran videos, podía palpar, vivir cada instante del sueño. Claro que hubo decepciones, por supuesto, pero sólo sirvieron para valorar aún más las victorias.

En esas vitrinas está el Milán de Arrigo Sacchi, el de Van Basten y Gullit, el Barça de Rijkaard, con Ronaldinho asombrando al universo, el Manchester de la desgracia, el gran Torino, de idéntico desenlace, la Argentina del 86, encabezada por el mismísimo Dios, la Brasil del 82, la España que ganó la Eurocopa deslumbrando a propios y extraños…

 

Anoche, el eterno dilema futbolístico libraba otra batalla. Belleza contra eficacia. Como si fueran antagónicos…

El Barça abanderaba la belleza, el encanto del buen fútbol, y el Chelsea apretaba los dientes, preparado para carcomer las acometidas de los culés. Y durante 92 minutos lo consiguieron. El plan era perfecto, sin deslices, sin pifias, sin equivocaciones. Pura matemática.

Sin embargo…

Nadie contaba con la genialidad…

Messi recogió el balón en la frontal del área, tras un fallo de Essien en el despeje, y el esférico buscó a San Andrés. A quien mejor le trata, a quien más le quiere. Que puso una X en el marcador, una cruz en forma de aspa. Un justo final…

Se despejaba la incógnita…

Todos disparamos con Iniesta, ese balón salió impulsado por la fuerza de millones de culés, y no paró hasta que encontró la red que atrapa la gloria. Fueron segundos embriagadores y efervescentes, un salto olímpico y brazos al aire, pulmones que se hinchan para poder gritar gol. El maestro de Fuentealvilla se despojaba de su camiseta tras marcar, y corría hacia el córner perseguido por sus compañeros, y por las miradas llorosas, extasiadas e incrédulas, de aficionados blaugranas que se frotaban los ojos, incapaces de creer en el milagro que acababan de contemplar. Será un apóstol…

Pero ni Dios lo hubiera hecho mejor…

Se nos vino a la memoria Kaiserlautern, el cabezazo de Bakero que hizo posible la primera Copa de Europa. Se nos vino a la memoria el triplete. Aún es posible. La historia espera a este equipo, pero lo que es más importante, se ve una estela dibujada en la mar, la que deja un barco ahora conocido…

¿Alcanzará algún día el Barça de Guardiola al barco de los elegidos?

Está cerca. La niebla no permite ver el horizonte, pero si te concentras, si te quedas en silencio unos segundos, oyes crujir las entrañas del barco pirata. Y además, estos marineros no lo van a abordar, serán respetuosos con la ley del mar. No buscan su tesoro, quieren compartir la gloria, el honor. Nada de saqueos esta vez. Son humildes e inteligentes. Harán el transbordo en un puente de plata, con balaustradas de diamante, y saludarán al capitán, admirados y respetuosos.

Yo me los imagino cruzando por ese puente de plata, y no dando saltos. Porque quién sabe…

¿No serán los propios piratas los que los estaban buscando? ¿Los que necesitaban refuerzos? ¿No será que los estaban esperando? ¿No será que todos ellos quieren probarse contra este equipo?


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