Posteado por: gorkairiondo | marzo 18, 2009

NO LE DEJES SALIR

La luna miente. Asomaba como una C y estaba en cuarto menguante, qué ironía…

Escucho a los Rolling cuando siento que giro y giro cuesta abajo y sin frenos. Por eso elegí Satisfaction aquella tarde de domingo. Encendí un cigarrillo y me senté en la terraza acompañado solamente por un vaso de whisky on the rocks. Mi Chanel Allure Homme se desvanecía en el aire de Madrid. Vivo en un ático, y bajo mis pies, siento la respiración desacompasada de 23 familias. Algunas, muy bien avenidas. Por no discutir, ni se hablan…

Otros viven solos. Como yo.

Hay atardeceres que se quedan grabados en la memoria. Yo saboreé aquél como si fuera el último. Acababa de conocer una terrible noticia. Me iba a casar…

 

Me desperté a las 10 de la mañana. El día del señor no suelo madrugar demasiado, me disfrazo de Garfield. Me lavé los dientes, me duché y salí a buscar el pan. En ayunas. Tenía prisa, tenía que preparar una comida que pudiera firmar Arzak sin sentirse avergonzado. Quería impresionar a mi chica, y no podía pensar en otra cosa, sólo veía su sonrisa complacida después de recrearse relamiendo la última cucharada del postre, la crema de Gorgonzola con manzana y caramelo de jengibre…

Había preparado ese menú seis veces más, no me gusta improvisar, soy un perfeccionista enfermizo. Y sin embargo, a pesar de que esas seis chicas me demostraron que habían quedado, no sólo satisfechas, si no encantadas, esta vez era diferente. Y eso me ponía nervioso. Gracias a Dios, no tenía tiempo de morderme las uñas…

Entré en la cocina, anudé el delantal a mi cintura, y durante dos horas no pensé en sexo. Escuché los discos de Fall Out Boy, Sidecars y Coldplay de tirón. Tarareaba cada canción imbuido por un aura de felicidad contenida que habría avergonzado a mi padre, que siempre vio en mí, a su digno sucesor en el arte del cinismo…

A las dos y cuarto sonó el timbre. Era ella. Estaba preciosa. Sensual y glaciar, como siempre. Todo en ella era complejo a mis ojos, los años le habían enseñado a compensar el fuego que provocaba a su paso, con una descuidada mirada de hielo. Era una diosa inalcanzable esculpida en mármol, una belleza, que incomprensiblemente, sobrecogía más el segundo día. Esta vez había escogido su traje pensando en mí, lo comprendí nada más abrir la puerta, y claro, eso me turbó aún más. Resoplé tratando de calmarme. Envolvía su cuerpo con un elegante y pudoroso vestido negro de Marc Jacobs, que resaltaba su imponente figura. Recuerdo cómo señalé ese vestido en una revista de moda. Recuerdo su semblante concentrado y ausente. Por fin empezaba a entenderla. Si la belleza pudiera expresarse con palabras, me encontraba ante el mejor poema que un genio pudiera concebir. Sin duda. Y no hablo del vestido…

Desde que la conocí, no pude apartar la mirada de su boca. Ni siquiera cuando un océano separaba nuestros cuerpos. Puede sonar a delirio, pero la realidad es testaruda. Y no quiero mentir. Nunca me había ocurrido nada igual, fue un flechazo, me enamoré de sus morritos. Sus labios soplaban la flauta de Hamelín que gobernaba mis instintos. Susurraba deliciosas frases superficiales, que me parecían de lo más ingeniosas y profundas. Aquella noche cambió mi vida, ese fortuito encuentro en la mansión de Flavio Briatore, trastocó mis planes. Hizo que la gravedad de la tierra dejara de ser la más influyente para mí.

 

          Buenos días, Carolina…

Qué guapa. – Dije, en un alarde de imaginación.

 

          Buenos días, Álvaro. ¿Qué me has preparado para comer? Llevo todo el día obsesionada con tu menú sorpresa.

Espero que no haya salmón, sabes que me da alergia…

 

          Jeje. Pasa… – Y no pude evitar lo inevitable cuando la tuve de espaldas, soy un hombre. Antes de cerrar la puerta de un portazo distraído, pasé revista a la parte trasera de su vestido. Pura curiosidad, no recordaba haberla visto en el Vogue…

 

Llegó hasta la puerta de la cocina, pero no entró. Para ella, hubiese sido como penetrar en la selva del Amazonas. Una sucia aventura. Echó un vistazo, y como si acabara de acordarse de un asunto importante, dio un respingo y sacó su móvil del bolso Louis Vuitton, buscó un número, concentrada y estilosa, y me guiñó el ojo izquierdo mientras acercaba el aparatito del demonio a su oído. Fue como si una gran ola golpeara las rocas, mis defensas se escurrieron acompañando la inercia del agua del mar…

Aproveché para servir el Dom Pérignon. Se disimula mejor con algo entre las manos. En cuanto comprendí que hablaba con su marido, decidí dar un paseo hasta la cocina sin saber muy bien a qué iba.

Suspiré profundamente buscando aire, y tras inspeccionar los platos que me encumbrarían una vez más, los que encajarían la corona de laurel en mi cabeza de bon vivant, me senté en una silla de la cocina.

¿Dónde estaba? ¿Qué me estaba ocurriendo? ¿Los Men in Black me habían borrado la memoria del último minuto? Había conducido hasta casa, y no recordaba cómo había llegado ni por dónde. Recapitulé, pero era como si la encimera hubiese estado vacía todo ese tiempo perdido, como si acabaran de colocar sobre ella, los ingredientes del Carpaccio de solomillo de ternera, y los pimientos rellenos de marisco. Mis ojos se habían girado hacia dentro. Permanecí sentado unos minutos. Inmóvil como un camaleón. Empezaba a sudar…

Sí, el caviar Imperial iraní y el jamón ibérico aguardan sobre la mesa del salón, pensé. Intentaba hablar conmigo mismo, para dejar de sentir. De sufrir. Otro suspiro. No podía soportarlo, mi pecho estallaba. Oía el murmullo de la inacabable conversación telefónica…

Ahí estaba yo, tan paralizado como efervescente. Un fantasma ciclópeo había nacido en mi interior de pronto, y debía dejarlo salir si no quería reventar. Me mordí el labio inferior, tengo que controlarme…

¡Tengo que controlarme!

Es jodido sentir celos de una mujer a quien ni siquiera quieres para toda la vida…

Es fácil verlo ahora. Ese día, simplemente esperé a que la casa se quedara en silencio, volví al salón con mi mejor sonrisa, entregué una copa de vino a Carolina, y dejé que ocurriera lo que ella deseaba.


Responses

  1. Los deseos siempre pueden y con ayuda de vino, más…
    ¿Había salmón?.

  2. ¿Las 103 canciones?
    Qué bah.
    La selección musical fue más anglosajona…
    Jejeje


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