Posteado por: gorkairiondo | mayo 19, 2008

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS XXIV

The morning after the first battle of Passchendaele showing australian infantry wounded around a block house near the site of Zonnebeke railway station, October 12, 1917 – Frank Hurley.

“Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”, El mítico y sin duda, atractivo anuncio que publicó en la prensa, Sir Ernest H. Shackleton, y que parecía destinado solamente a Indiana Jones, parece que también sedujo a Hurley…
Sorprendentemente, se apuntaron 2000 voluntarios, de los que sólo 26 fueron seleccionados. Marineros, científicos, cirujanos, un artista, un fotógrafo, ejem, y 69 perros de trineo. Un polizón y el mismo capitán, completaron la tripulación.

James Francis Hurley, conocido como Frank Hurley (1885-1962), fue un fotógrafo y realizador cinematográfico australiano, que tuvo una vida apasionante gracias a su carácter aventurero. Y a nacer cuando nació. Hoy día sería imposible repetir su historia y sus hazañas…
Creo…
Participó en muchísimas expediciones hacia la Antártida entre 1911 y 1914. Comandadas por el explorador y geólogo australiano Douglas Mawson. Pero eso sólo era el principio, un entrenamiento…
La que realmente marcó su vida fue la expedición de Ernest Shackleton, la accidentada Imperial Trans-Antarctic, la expedición del Endurance, que partió el 8 de agosto de 1914 de Plymouth y que no regresó hasta 1916.

South (1919) de Frank Hurley es la película original sobre la expedición. Una delicia histórica. La expedición fue un fracaso científico, no consiguió su objetivo de atravesar el continente blanco, pero marcó un hito desde el punto de vista de la aventura y de la capacidad de resistencia humana. Shackleton pretendía atravesar por primera vez la Antártida, desde el Mar de Weddell hasta el mar de Ross, pasando por el Polo Sur, una extensión cercana a los 1.000 kilómetros. Casi nada. Una locura. Pero ironías del destino, la expedición no llegó si quiera a pisar tierra antártica. Cuando faltaban sólo ciento sesenta kilómetros para llegar a su destino, su barco, el Endurance, quedó atrapado por los hielos. Y a pesar de los titánicos esfuerzos de los tripulantes, finalmente, meses más tarde, quedó hecho astillas por la presión del hielo, pareció que una ballena hambrienta se tragaba el Endurance. Se encontraban atrapados en el peor lugar del mundo, a 15.000 kilómetros de casa, sin medios para comunicarse y sabiendo que nadie acudiría a rescatarles. La primera Guerra Mundial era prioritaria para Inglaterra, su graciosa majestad, lógicamente, pensaba en alemán…

A partir del día en el que quedaron a la deriva, comenzó una aventura por la supervivencia. Shackleton se esforzó en mantener la moral de sus hombres. Quería ver muy unidos a todos los de su grupo. Era esencial si querían salir vivos de aquello. Organizaron partidos de fútbol sobre el hielo, creó un coro, programó conciertos de banjo, representaron obras de teatro y leyeron fragmentos de la Enciclopedia Británica. Hurley tenía que fundir hielo para conseguir agua y revelar las fotografías…
Lo primero que hicieron tras desembarcar fue montar un campamento sobre los témpanos.
¿Pero cómo podrían vivir ahí? ¿Qué iban a comer?
Ya no quedaban provisiones…
Focas y pingüinos…
Cuando se podía. Porque también tuvieron que sacrificar a los perros. Y cuando se comieron a los últimos, comprendieron que lo peligroso era permanecer allí, que debían desentumecerse y apretar los dientes. No tenían otra salida que empezar a andar. Se pusieron un objetivo: Isla Elefante. Su última esperanza. Llegaron después de 497 días. Estaban al límite de sus fuerzas, atormentados por el hambre, la sed, la congelación, el agotamiento…
Y lo peor de todo, sabían que si querían volver a tomar té o ver mujeres guapas, debían ingeniárselas ellos solos…
Tuvieron que tomar una decisión arriesgada. Casi suicida. Pero era la única. Shackleton pretendía recorrer 1500 kilómetros con otros 5 hombres, desafiando al océano en un pequeño bote. Una verdadera odisea. No podían orientarse por las estrellas, sólo podrían tomar unas pocas mediciones con el sextante, el mar, cuajado de témpanos, se encrespaba como si Neptuno estuviera en guerra con otros dioses…
Un fallo de un grado en los cálculos y acabarían vagando hasta las mismísimas calderas de Pedro Botero…
Y sin embargo, milagrosamente, consiguieron llegar a Grytviken, en las Georgias del Sur, el lugar habitado más cercano a la Antártida, donde se encontraba la estación ballenera Stromness. Eso sí, el padre de Jesús les puso una última prueba. Un revés inesperado. Una marcha de 40 horas por picos, glaciares y valles helados. Pero cuando al fin llegaron, sanos y salvos, después de enroscarse en unas mantas secas…
Acabaron con la fiesta de un plumazo. Querían saber. Su gran duda después de tantos meses alejados de la civilización… “¿Cuándo acabó la guerra en Europa?” “No ha terminado”…
Habían aparcado en un cruce de sentimientos. Desolación y júbilo. Se enteraron de que habían muerto más de un millón de hombres en las trincheras. Ellos no eran los únicos locos que estaban sufriendo…
Shackleton sólo se permitió suspirar antes de empezar a dar órdenes para preparar una expedición de rescate. Había que llegar a Isla Elefante, donde aguardaban el resto de sus compañeros…
Entre ellos, Hurley. Y tras dos intentos fallidos, por fin lo consiguieron a bordo del remolcador Yelcho. Ningún expedicionario había muerto. Aunque la terrible experiencia dejó secuelas.
“Éramos ricos en recuerdos”, “Habíamos roto la capa externa de las cosas, sufrimos, pasamos hambre y triunfamos. Nos hallábamos casi de rodillas y, sin embargo, intentamos alcanzar una gloria que se había hecho incluso más grande ante lo grandioso del entorno. Habíamos visto a Dios en todo su esplendor. Habíamos escuchado el texto que va dictando la naturaleza. Habíamos llegado a desnudar el alma misma del ser humano”.

Y palabras del propio Hurley:

“Para conductor científico, denme ustedes a Scott; para viajar veloz y eficientemente, Amundsen; pero cuando uno se encuentra en una situación desesperada, cuando parece que no hay salvación, conviene arrodillarse y pedir a Dios que le envíe a Shackleton”.

En 1917 se unió a las fuerzas expedicionarias australiano-neozelandesas (ANZAC). Era capitán, aunque sólo fuera un título honorífico. Durante los dos últimos años del conflicto logró captar algunas de las fotografías más representativas, especialmente de las batallas de Passchendaele en 1917. La que hoy nos ha traído hasta aquí, no lo olvidemos…
Hurley era lanzado y trotamundos, dos virtudes básicas para dejar un bonito cadáver. Pero James Dean aún no había puesto de moda la frasecita, así que Hurley siguió viviendo…
Arriesgó muchas veces su vida para tomar instantáneas que luego han dado la vuelta al mundo y que forman parte del patrimonio visual de la historia. Aquí tenéis algunos ejemplos. Los artilleros australianos caminando por las pasarelas que cruzan el paisaje lunar y desforestado en que se convirtió el llamado Château Wood.

O la famosa fila de soldados australianos que caminan por encima de una cresta y cuya sombra se refleja en el agua acumulada de uno de los millones de cráteres en que se convirtió el paisaje de Flandes durante 1917. Australian gunners on a duckboard track, Chateau Wood, Ypres, 1917.

Hurley, cansado de la burocracia y la censura, fue enviado al Próximo Oriente. En Palestina, durante la batalla de Jericó tomó fotografías aéreas durante sus vuelos de observación. En uno de sus viajes por Egipto conoció a la que poco después sería su mujer, Antoinette Rosalind Leighton. A finales de 1918, expuso su trabajo fotográfico, del cual obtuvo una reconocida fama y un fructífero éxito económico.
Algunos críticos dicen que algunos trabajos de Hurley contienen una preparación o montaje del escenario a priori, o que están ligeramente manipulados. Envidia…
El propio C.E.W. Bean comentó en algún momento que algunas composiciones o montajes eran “un poco falsas”. Para mí son obras de arte.


Hurley también sirvió como fotógrafo en la Segunda Guerra Mundial. Era incansable…
¿Cómo podríamos explicarle a este tipo que para nosotros un día en unos karts es una aventura memorable?

La batalla de Passchendaele, oficialmente 3ª batalla de Ypres, fue el nombre que recibieron las operaciones militares que tuvieron lugar de julio a noviembre de 1917 en el sector de Flandes y en las que se enfrentaron fuerzas aliadas (británicas, la British Expeditionary Force, australianas, neozelandesas y sudafricanas) contra el ejército alemán. La toma del pueblo de Passchendaele y su cresta (Passchendaele ridge) se convirtieron finalmente en los objetivos primordiales de la operación.

Los tres factores que más influyeron en el desarrollo y en el desenlace de la batalla de Passchendaele fueron el campo de batalla, las condiciones climatológicas y las defensas alemanas. O eso dicen los entendidos…

La batalla de Passchendaele se cobró más de medio millón de muertos en tres meses. 250.000 de ellos eran alemanes. Cerca de 300.000 aliados, en su mayoría británicos, y unos 36.000 australianos. Más de 90.000 cuerpos de soldados australianos o británicos no pudieron ser identificados, y alrededor de 40.000 jamás se recuperaron. Muchos de los que se ahogaron eran heridos o soldados exhaustos que habían resbalado o caído de las pasarelas de madera que cruzaban los enormes cráteres o charcos creados por los obuses. Cayeron y fueron incapaces de escapar del asqueroso y nauseabundo fango viscoso en que se había convertido el campo de batalla.
Passchendaele significó la última guerra de desgaste de la Gran Guerra, y todavía se mantiene en el recuerdo como una batalla inútil, igual que la del Somme un año antes.
Una batalla inútil…
Menuda frasecita…

¿Qué te parece la vida de Hurley? ¿Y sus fotografías?
Alucinantes…


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