Posteado por: gorkairiondo | abril 21, 2008

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS VI

Sudanese girl – Kevin Carter.

“Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.
Son palabras de Kevin Carter al recibir el Pulitzer por esta fotografía.

¿Sensacionalismo visual o un trabajo demasiado profesional?
¿Debería haber ayudado a la niña en lugar de hacer la foto? ¿O después? ¿Qué piensas sobre la perversa realidad del periodismo extremo?
¿Hay que pensar globalmente y desprenderse de los sentimientos más epidérmicos para contribuir más eficazmente a la desaparición de la miseria, esa lacra que debería ser tan vergonzosa para el ser humano?
¿Por qué la ética no es más que una minúscula isla deshabitada en el océano nada pacífico que es la política?

Esta conmovedora fotografía fue publicada por primera vez en el New York Times el 26 de marzo de 1993 y como muchas otras, no tardó en recorrer el mundo causando una gran conmoción allá donde se veía.
Kevin sólo buscaba la mejor foto. Y la encontró. Esperó unos veinte minutos a que el buitre abriera sus alas, pero sus deseos no se cumplieron. A última hora lo ahuyentó para proteger a la niña. Según Carter, la niña famélica se recuperó lo suficiente para seguir su camino.
¿Se aprovechó de la situación para flirtear con sus más bajas ambiciones? ¿Para conseguir la fama? ¿Para ser más respetado, y le salió el tiro por la culata? ¿En qué lado de la cámara estaba el buitre? ¿Sólo hay uno? ¿Dos? ¿Millones? ¿Tenemos derecho a juzgar a Kevin Carter?
Algunos dicen que la presencia del buitre no venía dada por la niña, sino porque en ese lugar existía un vertedero. Yo no lo sé. Y que no estaba tan cerca, que es un efecto óptico…
Puede ser…

Kevin Carter (* 13 de septiembre de 1960, Johannesburgo, Sudáfrica; † 27 de julio de 1994, Johannesburgo).
Junto a Ken Oosterbroker, Greg Marinovich y Joao Silva, fueron bautizados por la revista Vida de Sudáfrica como la Bang Bang Club. Los cuatro colegas fueron reporteros gráficos durante el Apartheid. El trabajo del Club fue uno de los factores que incrementó la presión política para acabar con aquella violencia extrema. Algunos periodistas que colaboraban con ellos, cuentan que su jornada empezaba de madrugada y concluía al mediodía. Tomaban las fotografías más escabrosas. Sólo tenían una fijación. Conseguir la mejor foto.
Consumían diferentes tipos de estupefacientes para sobrevivir. Para no pensar. Se jugaban la vida cada día, arriesgaban, tenían que estar siempre a tope, al mil por cien, y eso les creaba ansiedad. Normal, ¿no?
Habían crecido en Johannesburgo, eran tipos duros, insensibles, sus retinas se habían curtido, pero por el día tenían la fea costumbre de dormir las horas que no habían dormido por la noche…
En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán con la intención de tomar fotografías de los integrantes de un movimiento local rebelde. Pero el país pasaba por su peor época de hambruna y eso le impresionó. Sin darle tiempo a una ducha de agua fría siquiera, se topó de bruces con la niña y el buitre. Cerca del poblado de Ayod, el fotógrafo oyó un frágil lloriqueo. Se acercó hasta la niña, tan consumida y desnutrida que no resistía su propio peso. La niña había parado para descansar un momento en su camino a un puesto de alimentación que se encontraba en el campamento de ayuda de las Naciones Unidas. Algunos dicen que estaba a cien metros, otros a mil. Al lado estaba el buitre. Impávido. Aguardando. La foto podía ser grotesca, pero no mucho más que otras que había publicado antes. La realidad enchufó su frío profesionalismo. Actuó como sabía, como siempre. Estaba programado. La idea fluyó sin más. Tenía que sacar la mejor foto, la más impactante. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, evidentemente, pero también ensancharía la sensibilidad de los seres humanos, los ciudadanos de los países ricos posarían su mirada en Sudán. Estimularía una compasión que quién sabe…
Esa humanidad que buscaba, fue la que le faltó a él. No hizo nada para ayudar a la niña.
Y cuando volvió al primer mundo, no pudo escaparse de una pregunta. Fuera donde fuera. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Nadie le entendía, ni siquiera su familia. Se sentía como si viviera encerrado en un cofre sin poder moverse mientras un mago introducía espadas que se clavaban en su cuerpo. Vivía expuesto a las críticas más inflexibles. Y lo peor es que sabía que todas eran irrefutables. Era una pesadilla. Los únicos que no le hacían la dichosa pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.

En abril de 1994 recibió una llamada desde Nueva York. Había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Carter se derrumbó. Ojalá esa bala perdida hubiera sido para él…
Ken escribió un día en su diario: Espero morir con la mejor fotografía de guerra de todos los tiempos en el carrete de la cámara; si no es así, no habría valido la pena.
¿Valió la pena?

El mes siguiente voló a Nueva York a recibir el premio. Lo celebró a lo grande, se emborrachó, incluso más de lo habitual. La guerra en su país se había terminado. Mandela era presidente. Sudáfrica empezaba a florecer mientras la vida de Carter se arrugaba. Puede que el peligro de la guerra fuese su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando como fotógrafo de Naturaleza, pero la muerte de su amigo y la culpa, la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, le habían cazado. Su cabeza estaba colgada en una pared, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho…
Y tenía problemas en casa: deudas, desamor…
Casi nada…

El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter aparcó su furgoneta junto a la orilla del río donde había jugado cuando era niño. Antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia…
Enchufó una manguera al tubo de escape, y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte. No era la primera vez que intentaba suicidarse, pero esta vez el buitre sí abrió las alas…
Su vida es el ejemplo perfecto para mostrar el conflicto interior que tienen que despachar algunos fotógrafos:
¿Sólo los fotógrafos? ¿No nos encontramos todos ante este dilema?
Ser un mero narrador de los hechos o intervenir en ellos…
Ir a lo nuestro, vivir nuestra vida egoístamente o hacer algo por los demás, ser más solidarios…
Porque no nos engañemos, todos somos un poco Kevin Carter, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra…

Kevin dejó una nota póstuma. “Continuamente me persiguen los vívidos recuerdos de las matanzas, los cadáveres, la ira, el dolor los niños desfallecidos por el hambre, heridos, los locos de gatillo fácil, muy a menudo policías, los asesinos ejecutores. Me voy a reunir con Ken, si tengo esa suerte”.

Susan Sontag escribió una vez…
“Como el voyeurismo sexual, la fotografía es una forma como mínimo tácita, a menudo explícita, de animar a que lo que está sucediendo siga sucediendo. Hacer una fotografía es tener interés en las cosas tal y como son, en que el status quo no se altere (como mínimo durante el tiempo que se tarda en hacer una “buena” fotografía), estar en complicidad con lo que hace interesante al sujeto, merecedor de ser fotografiado -incluyendo, cuando éste es el interés, el sufrimiento o la desventura de otra persona”.

Y Edmund Burke respondería en una hipotética conversación. “Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombre buenos no hagan nada“.

Y una mujer anónima aportaría unos datos… “Todos los días mueren en el mundo 12 mil niños. Uno cada siete segundos. Y hablamos sólo del hambre. Y hablamos sólo de la infancia. Pero no es noticia. Y a nadie le abruma la culpa”…

Albert Einstein asentiría. “No esperes resultados distintos si haces siempre lo mismo”…

Y yo, que estaría escondido tras las cortinas, escuchándoles, seguiría mirando por la ventana…


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