COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS XXXIV

George Steinmetz – Empty Quarter (2003)

El sol brilla en todas partes, pero algunos no ven más que sus sombras.
Arthur Helps (1813-1875) Escritor y periodista inglés.

Esta fotografía fue captada en Wadi Mitan, en el desierto de Rub al-Jali, cerca de la frontera que une, o separa, Omán, Arabia Saudí y Yemen.
¿Ves los dromedarios?
No quiero parecer un listillo, pero si no conocías la foto, es posible que sólo estés viendo las sombras. Si te fijas un poco más, te darás cuenta que los dromedarios son esas motitas blancas y alargadas a los pies de cada silueta. Es un efecto óptico de lo más curioso.
¡Amplía la foto!
Fue publicada por la edición turca de National Geographic en el año 2005 y no tardó en popularizarse por todo el mundo. Merecidamente, ¿No crees?

George Steinmetz cruzaba la región pilotando un parapente a motor que él mismo había diseñado. Un tipo aventurero…
Y no sólo eso, un tipo original, logra sacar fotografías espectaculares. Y como muestra, un botón…
Nació en Beverly Hills en 1957, como los chicos de “Sensación de vivir”, pero parece que tenía otras inquietudes a parte de ligar con una chica tras otra. Se graduó en la Stanford University, geofísica, y listo como él solo, tras un corto viaje de 28 meses por África, encontró, por fin, la pasión que le ayudaría a levantarse cada mañana. La fotografía. Ha publicado en National Geographic y en Geo. Es un distinguido y respetado fotógrafo, le han entregado algunos de los más prestigiosos premios. Como el World Press Photo…

¿Es posible hablar del desierto, de camellos, dromedarios y aventura, sin citar a Lawrence de Arabia?
Sí…
Creo…

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS XXI

“Un niño llora a su padre tras un terremoto” - Eric Grigorian/Polaris Images.

El 22 de Junio del año 2002 la tierra tiritó. Y el temblor emergió en el noroeste de Irán.
6 grados Richter. Un movimiento sísmico traicionero, que seguramente, dada la tecnología que poseen actualmente los países ricos, pudo haberse evitado. Como tantas otras catástrofes. Esta vez, lo padecieron 52 pueblos de una zona montañosa, entre las ciudades de Qazvin y Hamadan. Unas 70 aldeas fueron destruidas o seriamente dañadas, y al menos, 25 mil personas perdieron su hogar a causa del sismo. Es fácil de explicar, la mayoría de las casas en Irán están construidas con ladrillos de barro y por supuesto, no están preparadas para soportar terremotos.
En un principio se dijo que podía haber 500 fallecidos, pero según la Media Luna Roja (la Cruz Roja iraní), la sacudida causó la muerte a 230 personas. Víctimas a las que hay que añadir los 2.000 heridos. Uno de los terremotos más graves de la última década.

Las autoridades tardaron en reaccionar. No enviaban equipos de ayuda, ni medicamentos, ni alimentos…
Así que cuando se presentó un ministro iraní para salir en la foto, en visita guiada, los supervivientes del siniestro arrojaron piedras contra el vehículo que le transportaba.

Eric Gregorian, un periodista armenio-americano, con residencia en Los Ángeles, se acercó a la provincia de Qazvin al día siguiente. La agencia Polaris Images necesitaba fotos de la tragedia. Se encontró un paisaje desolador. La desventura se ceba con los pobres. Los soldados y los voluntarios trabajaban a destajo. No daban abasto. Cavaban tumbas y más tumbas para enterrar a las víctimas del terremoto. Una epidemia causaría estragos…
Eric caminó pausado entre tanto ajetreo. Con los ojos bien abiertos y la cámara bien apretada. De pronto, entre tantas personas que iban de un lado para otro como pollos sin cabeza, descubrió un colibrí clavado en el suelo arenoso. Tragó saliva. Apuntó con precisión y cazó a su presa.
Había retratado a un crío inconsolable que esperaba en cuclillas junto a uno de los hoyos, a que sepultaran el cuerpo de su padre. Estaba desolado. Le rodeaban numerosos extraños que no le prestaban la menor atención a pesar de su emotivo desconsuelo. Se aferraba a los pantalones de su padre muerto. Sus ojos mostraban una desesperación que pellizcaba en lo más profundo. Es una foto en blanco y negro que produce una tremenda angustia…
Una historia humana. Y por tanto, irracional…
Representa el sufrimiento íntimo, la pérdida irremplazable de un ser querido, mientras la tierra continúa girando alrededor del sol. Los demás se apenan, sufren, lo sienten de veras, pero no les impide seguir con su vida. Y tú te quedas ahí, acurrucado, sintiéndote muy pequeño, sin acabar de creerte lo que ha ocurrido y haciéndote preguntas que no tienen respuestas…
La gente te rodea, intenta acercarse aunque tú los sientes muy lejos, y de vez en cuando acarician tu cabeza en señal de cariño…
Pero nada te consuela. Sabes que tarde o temprano tendrás que soltar el pantalón y que ése será el final…

Premio Worl Press Photo 2002.

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS XX

Dorothy Counts - Douglas Martin, de The Associated Press

Deberíamos usar el pasado como trampolín y no como sofá.

Harold MacMillan (1894-1986) Político inglés.

El 4 de septiembre de 1957 Dorothy Counts se despertó muy temprano. No quería llegar tarde a su primer día de clase. Como haría cualquier niña, un día de tantos. Y sin embargo, a sus 15 años estaba escribiendo una línea imprescindible en la historia de los Estados Unidos. En la historia de la Humanidad. Porque era negra. Simplemente…

¿Simplemente? No fue tan sencillo…

Hasta entonces, los estudiantes negros no tenían la oportunidad de acceder a las mejores escuelas. Vivían segregados. Dorothy y otros tres chicos, en otras tantas poblaciones del país, tenían aquel día una misma misión, eran los elegidos. Un peso abrumador para sus juveniles espaldas. No es cómodo ser pionero, abrir nuevos caminos. Debían renovar la mentalidad de unos cabeza-buques, de un solo martillazo. Y rompieron barreras…

¿A qué precio?

Dorothy Counts acudió caminando a la Harry Harding High School en Charlotte, Carolina del Norte. Una escuela sólo para blancos, que ahora era una escuela interracial. Interracial, porque habían admitido a una negra. A Dorothy…

Esta acción desafió la segregación, la práctica de mantener a las personas separadas de acuerdo a su raza. Fue un día insoportable para la niña, muy desagradable, Dorothy tuvo que templar sus nervios para no reaccionar. Para no salir corriendo o para no dar una merecida bofetada a más de uno…

Los alumnos blancos le tiraban piedras que caían furiosas rozando sus pies. Y la insultaban, esos oídos escucharon frases que no podemos ni imaginar. Las chicas, sus nuevas compañeras, la escupían en la espalda, y puede que lo más grave, los profesores la ignoraban…

¿Qué debía hacer? ¿Cómo debía comportarse? ¿Por qué la trataban así? ¿Cuál era su pecado? ¿Qué delito había cometido? ¿Sólo por ser negra?

Volvió a casa destrozada. Recelosa. A pesar de su envidiable fortaleza. Una entereza que puede apreciarse nítidamente en la fotografía de Douglas. Pero no era un Dios como Hércules, no era todopoderosa, aunque fuese una heroína, era una adolescente que necesitaba cariño. Aquella noche debió ser interminable para ella. El fin del mundo…

¿Cuántas adolescentes han creído que llegaba el fin del mundo por mucho menos? ¿Por un grano inesperado o por una mirada indiferente?

Dorothy sabía lo que era el racismo, no era tan inocente, pero aquello era demasiado…

El segundo día recibió los mismos regalos. Las mismas miradas acusatorias y desalmadas. Sin embargo, dos de las chicas se acercaron. Y la trataron como a una persona, no como a un animal. ¿Un rayo de esperanza?

Nada de eso. Recibieron advertencias del resto de alumnos, las intimidaron como si hubiesen recibido clases del mismísimo Vito Corleone, y las crías decidieron callar y alejarse de Dorothy. Normal. Tampoco eran dioses…

Ni heroínas…

¿Y qué tal iban las cosas en casa? Pues veamos, decide tú, su familia empezó a recibir llamadas telefónicas amenazadoras. Incluso aporrearon el coche familiar…

Unos bárbaros saquearon la taquilla de la niña el tercer día. Nada cambiaba. O si acaso, a peor. Los ánimos se encrespaban…

Alguien debía tomar una decisión. Y la famila de Dorothy dio un paso al frente. Demostraron su sensatez. No soportaron el acoso. El cuarto día, el padre dio una conferencia de prensa. Iba a sacar a su hija de ese infierno…

“It is with compassion for our native land and love for our daughter Dorothy that we withdraw her as a student at Harding High School. As long as we felt she could be protected from bodily injury and insults within the school’s walls and upon the school premises, we were willing to grant her desire to study at Harding”

Se mudaron a Pennsylvania, donde Dorothy asistió en Philadelphia a una escuela integrada y luego se graduó en una escuela en Asheville.

Hoy en día, Dorothy sigue viviendo en Charlotte. Ahora es Dot Counts-Scoggins. Es consejera de Child Care Resources. Hace un año Steve Crump realizó un documental sobre aquel día. “9/4/57”. Y Dot volvió a la escuela 50 años después…

Para ver el documental. Le entregaron un diploma honorífico, pero eso no hizo que su corazón palpitara más fuerte. Fue mucho más importante lo que experimentó. Se sintió aceptada, según sus propias palabras. Se respiraba aire limpio. Incluso Marty Wilson unos de los chicos que la insultaron, estuvo allí.
“Yo era muy joven y un muchacho muy tonto”, dijo. Y entonces le pidió disculpas a Dorothy por lo que hizo.

¿Qué debía hacer? ¿Cómo debía reaccionar, Dorothy?

Le miró y contestó:

“Gracias por ser mi amigo.”

Ella se puso de pie. Él caminó hacia ella…

Se abrazaron y la multitud los vitoreó…

Dorothy había vencido…

Esta fotografía ganó el World Press Photo Award del año 1957.

http://es.youtube.com/watch?v=OrzjTjxqRbg

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS XIX

Fuga hacia la libertad - Kyoichi Sawada, United Press Internatinal.

“El valor es el resultado de un grandísimo miedo“. Ferdinand Galiani (1728-1787) Diplomático y economista italiano.

Thuong, Binh Dinh, Vietnam de Sur, Septiembre 1965. Una madre conduce desesperada a sus cuatro hijos a través del río. Huyen de los estragos que causan las bombas norteamericanas. Una lluvia de fuego implacable. Cuando todo parece terminado, cuando el oso te abraza, surgen nuevas fuerzas. Esto significa que aún vives. La mujer a la que fotografió Kyoichi, es una madre coraje que podría enfrentarse incluso a un dragón si la vida de sus pequeños dependiera de eso. Al dragón de San Jorge. Esta imagen chorrea sinceridad y amor en una selva cruel y opresiva. Sawada se acercó a la orilla y tomó la fotografía arriesgando su propio pescuezo. Cuando salieron del agua, mientras los acompañaba a un lugar seguro, secó los ojos de los niños. Tampoco podía hacer mucho más…

Le concedieron varias distinciones internacionales por esta fotografía, como el World Press Photo en 1965 o el Premio Pulitzer, en 1966. Pero no fueron su “Fuga hacia la libertad”. Siguió retratando las guerras. Sawada se volvió taciturno, según declaraciones póstumas de su propia viuda. El 24 de febrero de 1966 en Tan Bin (Tan Binh), en Vietnam del sur, tuvo otra visión. Enfocó su cámara y nos entregó otra fotografía dramática. Militares americanos arrastraban el cuerpo inerte de un soldado Viet Cong. Inexplicable. Inhumanos.

Otro triste premio. Otro World Press Photo, y además, consecutivo. Su carrera había alcanzado su cenit. Pero los laureles no le cambiaron. No necesitó ningún esclavo romano que le recordara que no era un Dios, sino que era humano. Hacía tiempo que conocía el valor de la vida. Fue testigo mudo de tantas atrocidades que Vietnam se convirtió en un tema espinoso. Prefería callar. Siempre osado, murió en 1970 en Laos, Camboya, junto a su jefe, Frank Bosch, durante un tiroteo en Phnom Penh. Tenía 34 años. ¿Demasiado joven para haber vivido tanto?

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS XIV

Burning Monk (1963) - Malcolm W. Browne, USA, The Associated Press.

Thich Quang Duc era un monje budista. Su monasterio estaba a las afueras de Huế, la antigua capital de Vietnam. Una bella ciudad de Vietnam del Sur a orillas del legendario río del perfume. Era un hombre de carácter afable y muy tranquilo, amante abnegado de la tradición…
Y sin embargo, no os habrá resultado muy complicado deducir que es el protagonista de esta escalofriante foto. La estrella que se apagó en la oscuridad de un país sin libertad. Murió para protestar por la represión que la administración del Primer Ministro Ngô Ðình Diêm estaba llevando a cabo en contra de la religión budista. Y se quejó ardientemente. Aunque no movió ni un músculo, ni gritó. No dejó escapar ni un solo sonido mientras se quemaba…
Pero nadie podrá decir que no se le oyó…

Thich Quang Duc, nació en 1897, fue un monje budista vietnamita (también llamados bonzos, de ahí la famosa frase…) que se inmoló en una calle muy transitada de Saigon el 11 de junio de 1963. Su acto de inmolación, que fue repetido por otros monjes, fue el más recordado, entre otras cosas, porque uno de los presentes fue David Halberstam, un reportero del New York Times que escribió lo siguiente:

“Estaba viendo de nuevo la señal, pero una vez fue suficiente. Las llamas estaban surgiendo de un ser humano; su cuerpo fue marchitándose lentamente, su cabeza se ennegrecía. En el aire había un olor a carne humana quemada; el hombre se quemó sorpresivamente rápido. Detrás de mí pude escuchar el sollozo de los Vietnamitas que estaban ahora en la entrada. Estaba demasiado sorprendido para llorar, demasiado confundido para tomar notas o hacer preguntas, además desconcertado para inclusive pensar… Mientras se quemaba él nunca movió un músculo, nunca pronunció un sonido, su calma exterior en agudo contraste con la gente que se lamentaba alrededor de él.”

Thich Quang Duc, como ya he dicho, estaba protestando contra la manera en la que la administración del Primer Ministro Ngô Đình Diệm oprimía la religión budista en su país. Los budistas exigían unos derechos mínimos, ninguna locura. Aunque no todos pensaban lo mismo que yo en aquel país, obviamente…
Querían levantar la prohibición sobre las banderas budistas, pedían la asignación de los mismos derechos que el catolicismo, parar la detención ilegal sobre los budistas, compensar a los familiares de las victimas y enjuiciar a los responsables. En resumen…
Ninguna locura, aunque Thich tuviera que parecer un rebelde o un loco para obedecer a su conciencia, a sus ideales. O simplemente para reclamar un poco de justicia…

El suceso ocurrió en la intersección de las calles ‘Phan Đình Phùng’ y ‘Lê Văn Duyệt’. Cambiaron el nombre de estas calles en 1975. Cuando Saigon pasó a llamarse Ho Chi Minh. Ahora son ‘Nguyễn Đình Chiểu’ y ‘Cách Mạng Tháng Tám’. Parecía un día cualquiera, uno más. El sol iluminaba los puestos callejeros, los tenderetes ambulantes y resplandecían las viejas bicicletas de los vietnamitas. Y ahí estaba casualmente, Malcolm W. Browne. A la caza de la mejor fotografía. De pronto, un automóvil frenó en medio de la calle. Un Austin azul. Bajaron tres monjes. Uno de ellos era Thich, quien tomó la tradicional posición del loto en medio del cruce. En la mano llevaba una caja de fósforos. Los otros dos, mientras tanto, lo rociaban con gasolina. Y entonces ocurrió. Los dedos del monje causaron una chispa que no tardó en transformarse en una llama asombrosa. Los testigos y la cámara de Malcolm asistían atónitos. Apocados. Nadie trató de apagar el fuego, quedaron paralizados ante el pacífico monje que parecía una estatua, no movió ningún músculo de su cuerpo. Sabía que las tradiciones no se heredan, se conquistan…

El automóvil Austin azul claro en el que llegó a Saigon para cometer su acto de inmolación se conserva en la pagoda ‘Thien Mu’.

Después de su muerte, su cuerpo fue cremado conforme a la tradición budista. Durante la cremación su corazón se mantuvo intacto, sorprendentemente, por lo que fue considerado santo y su corazón fue trasladado al cuidado del Banco de Reserva de Vietnam como reliquia.

Madame Nhu, primera dama de Vietnam en ese tiempo, comentó con respecto a este acontecimiento que ella “aplaudiría por ver otro espectáculo en el cual un monje se convirtiera en barbacoa”. Desde ese momento se la conoció con el pseudónimo de la “Dama Dragón”. Algunas personas vienen con defectos de fábrica incorregibles…

El primer álbum musical de la banda de rock de los 90’s Rage Against the Machine utilizó la imagen de la inmolación de Thich Quang Duc en la portada.

Thich Quang Duc en ningún momento pensó en la gran repercusión mediática que podría tener su actuación, pero la tuvo. Y como ocurre con todo lo que se hace célebre, aunque parezca mentira, salieron imitadores…
El 11 de noviembre de 1983 Sebastián Acevedo, un minero chileno, se quemó a lo bonzo en los escalones de la catedral de Concepción, Chile para protestar por la desaparición de sus hijos a manos de la policía.
El 27 de agosto de 2007 un hombre que se cree que tenía problemas mentales se quemó a lo bonzo en la Plaza Roja de Moscú, cerca del Kremlin.
El 4 de septiembre de 2007 un ciudadano de origen rumano se roció con gasolina y se prendió fuego ante la Subdelegación del Gobierno Español en Castellón de la Plana. El hombre que sufrió quemaduras en el 70% de su cuerpo, murió el 19 de septiembre en el Hospital La Fe de Valencia.
El 7 de diciembre de 2007 una mujer senegalesa se quemó a lo bonzo ante la Alcaldía de Roma en presencia del presidente de su país, Abdoulaye Wade, en lo que fue interpretado como un gesto de protesta contra él…

Más adelante Thich Nhat Hanh, un maestro zen, explicó a su manera la acción de Thich Quang Duc. No era un suicidio sino una inmolación. Un suicidio es una victoria para el enemigo mientras que la inmolación es una protesta activa. A lo que añadió muy serio. El enemigo no era el hombre, era el fanatismo, el odio, la discriminación…
La foto de Thick Quang Duc inmolándose corrió más rápido que la pólvora, ese mismo día estaba en el escritorio del presidente de los Estados Unidos. JFK. Kennedy, el niño bonito de América, había ayudado al represor católico Diem a llegar al poder. Una mala idea. Horrorosa. Pero habitual en la historia de la política. Pensó que era el mejor modo de impedir que el país cayera bajo el control comunista.
Finalmente, Thich Quang Duc consiguió derrotar el régimen del primer ministro Diem, que acabó cuatro meses después. En Noviembre de 1963. Pero no sólo eso, también cambió la percepción de la opinión pública mundial acerca del Budismo, lo que contribuyó decisivamente a su propagación.
A comienzos de 1964, Malcolm W. Browne ganó el premio Pulitzer a la mejor fotografía periodística del año. Un trofeo que sumó al prestigioso World Press Photo.
Pese al éxito, este fotógrafo no pudo ocultar su arrepentimiento por no haber hecho nada por el monje.
¿Os recuerda a alguien?
Un proverbio italiano dice que del escuchar procede la sabiduría, y del hablar el arrepentimiento…
Que cada uno saque sus propias conclusiones. Y que tome sus propias decisiones. Pero que sean acertadas, o nos uniremos al club de los arrepentidos…