COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS XXI

“Un niño llora a su padre tras un terremoto” - Eric Grigorian/Polaris Images.

El 22 de Junio del año 2002 la tierra tiritó. Y el temblor emergió en el noroeste de Irán.
6 grados Richter. Un movimiento sísmico traicionero, que seguramente, dada la tecnología que poseen actualmente los países ricos, pudo haberse evitado. Como tantas otras catástrofes. Esta vez, lo padecieron 52 pueblos de una zona montañosa, entre las ciudades de Qazvin y Hamadan. Unas 70 aldeas fueron destruidas o seriamente dañadas, y al menos, 25 mil personas perdieron su hogar a causa del sismo. Es fácil de explicar, la mayoría de las casas en Irán están construidas con ladrillos de barro y por supuesto, no están preparadas para soportar terremotos.
En un principio se dijo que podía haber 500 fallecidos, pero según la Media Luna Roja (la Cruz Roja iraní), la sacudida causó la muerte a 230 personas. Víctimas a las que hay que añadir los 2.000 heridos. Uno de los terremotos más graves de la última década.

Las autoridades tardaron en reaccionar. No enviaban equipos de ayuda, ni medicamentos, ni alimentos…
Así que cuando se presentó un ministro iraní para salir en la foto, en visita guiada, los supervivientes del siniestro arrojaron piedras contra el vehículo que le transportaba.

Eric Gregorian, un periodista armenio-americano, con residencia en Los Ángeles, se acercó a la provincia de Qazvin al día siguiente. La agencia Polaris Images necesitaba fotos de la tragedia. Se encontró un paisaje desolador. La desventura se ceba con los pobres. Los soldados y los voluntarios trabajaban a destajo. No daban abasto. Cavaban tumbas y más tumbas para enterrar a las víctimas del terremoto. Una epidemia causaría estragos…
Eric caminó pausado entre tanto ajetreo. Con los ojos bien abiertos y la cámara bien apretada. De pronto, entre tantas personas que iban de un lado para otro como pollos sin cabeza, descubrió un colibrí clavado en el suelo arenoso. Tragó saliva. Apuntó con precisión y cazó a su presa.
Había retratado a un crío inconsolable que esperaba en cuclillas junto a uno de los hoyos, a que sepultaran el cuerpo de su padre. Estaba desolado. Le rodeaban numerosos extraños que no le prestaban la menor atención a pesar de su emotivo desconsuelo. Se aferraba a los pantalones de su padre muerto. Sus ojos mostraban una desesperación que pellizcaba en lo más profundo. Es una foto en blanco y negro que produce una tremenda angustia…
Una historia humana. Y por tanto, irracional…
Representa el sufrimiento íntimo, la pérdida irremplazable de un ser querido, mientras la tierra continúa girando alrededor del sol. Los demás se apenan, sufren, lo sienten de veras, pero no les impide seguir con su vida. Y tú te quedas ahí, acurrucado, sintiéndote muy pequeño, sin acabar de creerte lo que ha ocurrido y haciéndote preguntas que no tienen respuestas…
La gente te rodea, intenta acercarse aunque tú los sientes muy lejos, y de vez en cuando acarician tu cabeza en señal de cariño…
Pero nada te consuela. Sabes que tarde o temprano tendrás que soltar el pantalón y que ése será el final…

Premio Worl Press Photo 2002.

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS XX

Dorothy Counts - Douglas Martin, de The Associated Press

Deberíamos usar el pasado como trampolín y no como sofá.

Harold MacMillan (1894-1986) Político inglés.

El 4 de septiembre de 1957 Dorothy Counts se despertó muy temprano. No quería llegar tarde a su primer día de clase. Como haría cualquier niña, un día de tantos. Y sin embargo, a sus 15 años estaba escribiendo una línea imprescindible en la historia de los Estados Unidos. En la historia de la Humanidad. Porque era negra. Simplemente…

¿Simplemente? No fue tan sencillo…

Hasta entonces, los estudiantes negros no tenían la oportunidad de acceder a las mejores escuelas. Vivían segregados. Dorothy y otros tres chicos, en otras tantas poblaciones del país, tenían aquel día una misma misión, eran los elegidos. Un peso abrumador para sus juveniles espaldas. No es cómodo ser pionero, abrir nuevos caminos. Debían renovar la mentalidad de unos cabeza-buques, de un solo martillazo. Y rompieron barreras…

¿A qué precio?

Dorothy Counts acudió caminando a la Harry Harding High School en Charlotte, Carolina del Norte. Una escuela sólo para blancos, que ahora era una escuela interracial. Interracial, porque habían admitido a una negra. A Dorothy…

Esta acción desafió la segregación, la práctica de mantener a las personas separadas de acuerdo a su raza. Fue un día insoportable para la niña, muy desagradable, Dorothy tuvo que templar sus nervios para no reaccionar. Para no salir corriendo o para no dar una merecida bofetada a más de uno…

Los alumnos blancos le tiraban piedras que caían furiosas rozando sus pies. Y la insultaban, esos oídos escucharon frases que no podemos ni imaginar. Las chicas, sus nuevas compañeras, la escupían en la espalda, y puede que lo más grave, los profesores la ignoraban…

¿Qué debía hacer? ¿Cómo debía comportarse? ¿Por qué la trataban así? ¿Cuál era su pecado? ¿Qué delito había cometido? ¿Sólo por ser negra?

Volvió a casa destrozada. Recelosa. A pesar de su envidiable fortaleza. Una entereza que puede apreciarse nítidamente en la fotografía de Douglas. Pero no era un Dios como Hércules, no era todopoderosa, aunque fuese una heroína, era una adolescente que necesitaba cariño. Aquella noche debió ser interminable para ella. El fin del mundo…

¿Cuántas adolescentes han creído que llegaba el fin del mundo por mucho menos? ¿Por un grano inesperado o por una mirada indiferente?

Dorothy sabía lo que era el racismo, no era tan inocente, pero aquello era demasiado…

El segundo día recibió los mismos regalos. Las mismas miradas acusatorias y desalmadas. Sin embargo, dos de las chicas se acercaron. Y la trataron como a una persona, no como a un animal. ¿Un rayo de esperanza?

Nada de eso. Recibieron advertencias del resto de alumnos, las intimidaron como si hubiesen recibido clases del mismísimo Vito Corleone, y las crías decidieron callar y alejarse de Dorothy. Normal. Tampoco eran dioses…

Ni heroínas…

¿Y qué tal iban las cosas en casa? Pues veamos, decide tú, su familia empezó a recibir llamadas telefónicas amenazadoras. Incluso aporrearon el coche familiar…

Unos bárbaros saquearon la taquilla de la niña el tercer día. Nada cambiaba. O si acaso, a peor. Los ánimos se encrespaban…

Alguien debía tomar una decisión. Y la famila de Dorothy dio un paso al frente. Demostraron su sensatez. No soportaron el acoso. El cuarto día, el padre dio una conferencia de prensa. Iba a sacar a su hija de ese infierno…

“It is with compassion for our native land and love for our daughter Dorothy that we withdraw her as a student at Harding High School. As long as we felt she could be protected from bodily injury and insults within the school’s walls and upon the school premises, we were willing to grant her desire to study at Harding”

Se mudaron a Pennsylvania, donde Dorothy asistió en Philadelphia a una escuela integrada y luego se graduó en una escuela en Asheville.

Hoy en día, Dorothy sigue viviendo en Charlotte. Ahora es Dot Counts-Scoggins. Es consejera de Child Care Resources. Hace un año Steve Crump realizó un documental sobre aquel día. “9/4/57”. Y Dot volvió a la escuela 50 años después…

Para ver el documental. Le entregaron un diploma honorífico, pero eso no hizo que su corazón palpitara más fuerte. Fue mucho más importante lo que experimentó. Se sintió aceptada, según sus propias palabras. Se respiraba aire limpio. Incluso Marty Wilson unos de los chicos que la insultaron, estuvo allí.
“Yo era muy joven y un muchacho muy tonto”, dijo. Y entonces le pidió disculpas a Dorothy por lo que hizo.

¿Qué debía hacer? ¿Cómo debía reaccionar, Dorothy?

Le miró y contestó:

“Gracias por ser mi amigo.”

Ella se puso de pie. Él caminó hacia ella…

Se abrazaron y la multitud los vitoreó…

Dorothy había vencido…

Esta fotografía ganó el World Press Photo Award del año 1957.

http://es.youtube.com/watch?v=OrzjTjxqRbg