COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS XI

Abbey Road - Ian McMillan

“Si toda la tinta empleada en escribir de The Beatles se volviera lluvia y cayese sobre el mundo, Noé tendría que desempolvar su arca y navegar de nuevo.” - Vanidades

“Antes de Los Beatles, todo era distinto; después de Los Beatles, nada fue igual”
-John Lennon

“Manolito (preguntando a Mafalda sobre su gusto por los Beatles): ¿Cómo pueden gustarte si no entendés lo que dicen?
Mafalda: ¿Y? A medio mundo le gustan los perros y hasta el día de hoy nadie sabe lo que quiere decir guau! “

“Somos más populares que Jesús” – John Lennon

Después de estas cuatro frases tan rotundas, la mayoría habrá descubierto que hoy ha entrado un escarabajo en nuestro escondite subterráneo. Y traía una orden desde el cielo de los insectos. Explorar uno de los misterios que encierra la intrigante y famosísima portada de un disco mítico. Abbey Road. Los Beatles. El impagable adiós del mejor grupo de la historia.

A primera vista, Abbey Road es una imagen de lo más vulgar. Cuatro jóvenes cruzando un paso de cebra. Sin ninguna letra, sin ningún título. Simple…
¿Entonces por qué gusta tanto? ¿Qué tiene esta foto que no tengan otras? ¿Por qué es tan imitada? ¿Por qué a veces algunas ideas de última hora se vuelven geniales?
Coloquemos una lupa sobre esta historia. Veamos algunos detalles que nos ayuden a entenderla. 1969. Londres. Los cuatro de Liverpool están en el estudio de Abbey Road a punto de terminar las grabaciones del que sería su último álbum. Aunque un año después se publicaría “Let it be”. Cosas de los productores…
Si la historia del éxito del grupo fuera una expedición a una montaña, en esta etapa estarían descendiendo, acampados en el campo base 2. La tensión en el estudio es comparable a la que existiría en una partida de póquer a vida o muerte. Prefieren mirar al suelo que discutir, prefieren pasar que apostar, pero siempre expectantes. Atentos. Se muerden la lengua para que no se acumule mucha basura en el centro del tapete. No quieren que la banca salte por los aires…
The Beatles ya no es la marca de las impecables medias que embellecen aún más las fabulosas piernas de Raquel Welch. Sus carreras se descosen sin prisa pero sin pausa…
Y es entonces, cuando una voz amodorrada sobresale sobre las demás…
“Oye, ¿por qué no salimos ahí fuera, hacemos la foto de la portada, y llamamos el disco simplemente Abbey Road?”. Fue un 8 de Agosto, un gran día, y no sólo porque sea mi cumpleaños. O sí…
Pero antes, remontémonos un poco…
En 1968 la relación de John Lennon con Yoko Ono empezaba a crispar al resto de miembros. “Se me hacía muy difícil escribir cuando Yoko estaba allí, hubiera podido decir: I Love You Baby, pero cuando Yoko me observaba yo siempre pensaba que debía encontrar algo inteligente y de vanguardia.” (Paul). “Desde 1969 John Lennon se convirtió en otro hombre.” (Ringo). Los Beatles necesitaban convivir bajo cuarentena en todas sus grabaciones, sin embargo, en la grabación del “White album”, la artista nipona estuvo presente en todo el proceso de grabación. El consumo de drogas de Lennon había aumentado y Paul McCartney decidió grabar varios temas del nuevo álbum por separado. Eran días de envidias y broncas. Rumiaban entre bambalinas la mejor forma de esfumarse, querían triunfar en solitario. O simplemente vislumbraban objetivos vitales diferentes. Eran imanes para la buena música, pero ahora tenían la misma carga. Y se repelían. Sólo estaban de acuerdo en una cosa. El cuento no podía acabar así, necesitaban hacer un último esfuerzo. Había que recuperar el espíritu Beatle, así que unos meses antes de aquella inocente frase que los empujó a la calle de al lado, Paul se presentó ante George Martin y le pidió que produjera otro disco “Como en los viejos tiempos”…
Durante la grabación de Abbey Road hubo una pequeña tregua, el ambiente no era tan tirante como cuando grabaron Let it be, ya no estaban tan agresivos, porque todos sabían que aquello era el final definitivo. Se comportaron. Ya sólo quedaba cerrar la puerta para completar la mudanza. Desde luego, no colaboraban tan estrechamente como en el pasado, cada uno llevaba sus canciones y el resto del grupo las tocaba. A pesar de todo, una gota de talento cayó en el charco de mugre, purificándolo. El resultado fue arrebatador. John Lennon y Paul McCartney frotaron la lámpara del genio y compusieron algunas de las mejores canciones de su repertorio.
Abbey Road se publicó el 26 de septiembre del 69; una semana después era número uno en las listas británicas. A finales de ese año había vendido cuatro millones de copias y en 1980 se había llegado ya a los 10 millones. Si hubo un grupo que supo decir hasta aquí con estilo, ése fue Los Beatles.

Y sin embargo, estamos ante una prueba más de que las casualidades a veces son tan relevantes como las certezas. No tenían ni la mas remota idea de cómo titular el LP hasta que vieron cruzar a Geoff Emerick, el ingeniero de sonido, con un paquete vacío de unos cigarrillos de la marca Everest. ¿Y por qué no viajar hasta los pies de la legendaria montaña para una sesión fotográfica? Al Himalaya, qué buena idea…
Y de ahí saldría la portada. Y por supuesto, era un gran título. Everest. El pico más alto de la tierra. Otra vez en lo más alto…
Pero no hubo consenso. Ringo se negó, él no volaría a ningún lado…
Y entonces, alguien habló tímidamente…
“Oye…”
John llamó a Ian McMillan, amigo suyo y de Yoko, para que realizara las fotos y acordaron que eso sería la mañana del 8 de Agosto de 1969.
Para evitar complicaciones la policía detuvo el tráfico de 11:30 a 11:40, diez minutos que aprovecho Ian para realizar la producción, de hecho, en la portada del disco se puede ver una camioneta policial aparcada en la acera derecha. 6 tomas entre las que Paul eligió la portada de Abbey Road. No hubo, sin embargo, restricción para el tráfico peatonal, y la foto muestra algunas de las personas que estaban en la calle en ese momento.

El escenario está situado justo enfrente de la puerta de los estudios de grabación donde los Beatles trabajaban. Un paso de cebra. El vestuario, tal como iban vestidos aquel día.
El fotógrafo Ian McMillan colocó la cámara en medio de la calzada e hizo que los Beatles recorrieran cuatro veces el paso de cebra en ambos sentidos mientras disparaba. Clic, clic, clic. Para la contraportada, McMillan fotografió un añejo letrero donde el nombre de la calle figuraba en baldosines empotrados en una pared de ladrillo.

Y aquí comienza el misterio. Y un juego de simbologías que podría recordarnos vagamente los de la Biblia…
¿Me he pasado? ¿Me he quedado corto?
En resumen, y para no ser muy pesado, se decía que Paul sufrió un accidente en 1966. Y murió. Los Beatles prefirieron no decir la verdad y lo sustituyeron por un doble. William Campbell.

El rumor de la supuesta muerte y reemplazo de Paul McCartney apareció por primera vez en 1969. Comenzó con una llamada que alguien llamado “Tom” hizo a Russ Gibb, un famoso Radio DJ de la WKNR-FM. Gracias al chivatazo, el Disc Jockey narró por radio una de las leyendas urbanas más memorables de todos los tiempos: la supuesta muerte de McCartney y el posterior encubrimiento.
Poco después, Fred Labour, un estudiante de la Universidad de Michigan, publicó un curioso análisis en el periódico de la Universidad sobre “Abbey Road”, el disco publicado por los Beatles en ese mismo año. Fred aseguraba que en la portada y las letras del disco se encontraban numerosas pistas que delataban la existencia de una gran conspiración para ocultar la muerte de Paul.
Según los ”expertos” ( Siempre hay expertos para todo), los cuatro Beatles forman un cortejo fúnebre en la portada de Abbey Road. John, de blanco, es el predicador; Ringo, de negro, el empresario de pompas fúnebres; George, con ropa vaquera, sería el enterrador, y Paul, por supuesto, el muerto.
Las pruebas se amontonan: Paul lleva los ojos cerrados, como un cadáver; sostiene un cigarrillo con la mano derecha siendo zurdo, lo que prueba que el de la foto es un impostor; lleva el paso cambiado con respecto al resto de sus compañeros y, ésta es la mejor, ¡va descalzo!, lo que significa, según extraños razonamientos religiosos, que está totalmente muerto.
Ante la ola de estupideces que estaba inundando la actualidad, McCartney tuvo que salir a la palestra para dar unas absurdas explicaciones. ¡Estoy vivo!, llegó a decir. Y con respecto a lo de los zapatos, comentó que aquel día hacía calor y que en un momento determinado se los quitó sin más. De hecho, en fotos desechadas de la misma sesión, aparece calzado con unas sandalias. Muy inglés…
El Volkswagen solía estar aparcado allí a menudo, aparece a la izquierda de la imagen, y era propiedad de alguien que vivía en el barrio. O de un empleado. Pero también concitó algunas pruebas acusatorias. La matrícula del escarabajo es 28IF (traducido sería “28 Si”). Es decir, Paul tendría 28 años si estuviera vivo. Realmente Paul tendría 27 años, pero según algunas tradiciones indias en las que Paul creía (y algunas chinas), el año cero se cuenta como el primero. Esta misma matrícula empieza por “LMW”, que quiere decir “Linda McCartney Waits”, Linda McCartney espera.
Hasta el mismo Paul McCartney se tomó el asunto en broma, qué iba a hacer, y varios años después, en 1993, ironizó sobre esto en su disco en vivo, “Paul is live” (ya el título era irónico).
En la portada del mismo aparecía él solo sobre Abbey Road paseando su pastor inglés, y el escarabajo blanco, estacionado en el mismo lugar, tenía por matrícula LMW 511F (su edad en ese momento).

Hay teorías que implican directamente a los integrantes de Liverpool. Dicen que son los instigadores del misterio. Hay infinidad de pruebas al respecto en Internet. Os recomiendo que compréis un espejo. Si tenéis el disco a mano. Grabaciones al revés en las canciones, números telefónicos que contestaban automáticamente “te estás acercando” o “cuídate de Abbey Road”, portadas reveladoras para ojos entrenados y la que podría ser la señal más clara, en 1966 los Beatles dejaron de dar conciertos en vivo…
Hay interpretaciones de todo tipo. En la contraportada, la palabra Beatles está cortada, se ve un pedazo del vestido azul de una mujer (Rita), que dicen, fue lo último que vio Paul antes de morir. Un grupo de agujeros forman el número 3; los Beatles restantes. Si se mira la palabra Beatles verticalmente, la B parece una calavera…
Las Canciones dicen:
Come Together: “..he say I know you, you know me..” “he got early warning..” “..he say one and one and one is three. Got to be good looking cause he’s so hard to see..” “..He got hair down to his knees..” “..He got monkey fingers..” Cuando una persona muere, su pelo y uñas siguen creciendo. You Never Give Me Your Money: “..one, two, three, four, five, six, seven, all good children go to heaven..”

Aquí os dejo un artículo que he encontrado en Internet y en el que se explica bastante bien la historia. ¡A disfrutarla!
Jejeje…
En fin…
No olvidéis que el mayor de los misterios es el hombre.

Los (supuestos) hechos

El supuesto accidente de tráfico de Paul Mc.Cartney sucedió, según la historia, a principios de noviembre de 1966, bien el 1 de ese mes, el 5 o el 9. Las distintas variaciones de la historia básica apuntan a uno de esos días. Sea como fuese, ocurrió de madrugada y, según algunas fuentes, en miércoles.
Los Beatles se encontraban preparando en ‘Abbey Road’ el inicio de las grabaciones de ‘Sargeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band’, que se produciría el 24 de ese mismo mes. Por alguna razón desconocida, se produjo una discusión entre Paul y los otros beatles que hizo que Mc.Cartney saliera irritado y se marchase al volante de su ‘Aston-Martin’. Paul condujo varias horas. El tiempo era lluvioso. Según unos, recogió a una autoestopista que estaba empapada por el aguacero. Según otros, la chica en cuestión no existió. Sea como fuere, a las cinco de la madrugada del miércoles 9 de noviembre de 1966 (ni el 1 ni el 5 caen en miércoles), Paul perdió el control de su coche y se estrelló contra un camión de color amarillo o (atendiendo a otras fuentes) contra un muro de piedra. La joven acompañante (si se admite su presencia) hubiese sido la causante del suceso, al haberse apercibido, una vez acomodada en el coche, de que su benefactor no era otro que el beatle Paul. Su reacción espontánea habría provocado la pérdida de control del ‘Aston-Martin’.
Como resultado del trágico choque, Paul Mc.Cartney murió en el acto al salir despedido por el parabrisas. De hecho, hubiera sufrido terribles heridas en la cabeza provocadas por los cristales: horribles cortes, pérdidas de dientes, posible decapitación e introducción violenta de uno de los limpiaparabrisas en el rostro. El joven músico hubiese quedado irreconocible. La acompañante también habría muerto. Los primeros auxilios fueron prestados por otros automovilistas, que no fueron capaces de reconocer al beatle debido a sus heridas.
Alertado Brian Epstein por la primera patrulla de policía que acudió y comprobó la matrícula del coche siniestrado, acudió al lugar y logró que el atestado policial no hiciese referencia a la muerte de Paul: sin duda era su coche, pero el conductor debía de ser un amigo del beatle. En el informe policial se haría constar que un hombre joven, de cabello largo, había fallecido como resultado del accidente, pero nunca se le identificaría. Los seguidores de la teoría de la muerte de Mc.Cartney afirman que el accidente existió y tuvo lugar en el día y la hora que se han indicado, que el atestado policial fue descubierto por los investigadores y que sólo la rapidez de Epstein evitó que el asunto se filtrase a la prensa. Aún así, en Londres corrió el rumor durante noviembre de 1966 de que Paul Mc.Cartney había muerto. Enterados los demás beatles del acontecimiento, acordaron sustituir a Paul por un doble que ya estaba identificado desde 1965, cuando ganara un concurso de dobles de Mc.Cartney.
El sujeto en cuestión se llamaría William Campbell y su fotografía nunca se habría hecho pública, pese a ser el ganador del concurso. Campbell, de origen escocés, pasaría a finales de 1966 por varias operaciones de cirugía estética y por cursos de entrenamiento para hacerle cumplir con suficiencia su papel.
Durante ese periodo, los Beatles como tales no hicieron ninguna sesión fotográfica y el mismo 10 de noviembre de 1966 anunciaron (y esto es un dato absolutamente cierto, proporcionado por Peter Brown) que no volverían a dar conciertos en vivo. La conspiración estaba montada. Hasta Jane Asher participaría en ella durante los primeros dos años. Esto es lo que dice la variación más creíble de la historia, porque hay otras versiones que insinúan que el accidente no fue tal, sino que estuvo organizado por la CIA, que veía en los Beatles a un peligroso cóctel de ideas revolucionarias, izquierdistas y anti-establishment. Muerto Paul, la fuerza del cuarteto se diluiría y la juventud norteamericana volvería a ser más convencional y manejable. Sea como fuese, el Paul que grabó ‘Sargeant Pepper´s’ no era, según esta historia, el verdadero Paul.
Entonces… ¿Murió Paul McCartney en noviembre de 1966? ¿Era William Campbell quien tomó su puesto a partir de esa fecha? La respuesta, la única conciliable con el sentido común, es, por supuesto, que no murió y que sigue bien de salud en pleno año 2000. Pero, curiosamente, el montaje ‘Paul Ha Muerto’ sí existió, y fue impulsado casi con toda seguridad por los propios Beatles, que crearon las pistas y que se complacieron en sugerir a los fans toda la historia completa. Lo hicieron con tal verismo y sembraron su obra con tantas claves falsas que, efectivamente, todo (excepto el sentido común y la lógica) llevaban a suponer que a McCartney le había pasado algo a finales de 1966. Vamos a tratar de desembrollar todo este confuso asunto, y lo vamos a hacer desmontando cada una de las partes de la historia y respondiendo a las preguntas fundamentales. Veamos.
¿Salió Paul McCartney de ‘Abbey Road’ a toda velocidad en su ‘Aston Martin’ el 9 de noviembre de 1966 y se mató poco después en un accidente de tráfico?
No. Paul sí poseía un ‘Aston Martin’ y acostumbraba a conducir rápido, pero no hay constancia en los registros policiales de que sufriese un grave accidente de automóvil con ese coche, ni el 9 de noviembre de 1966 ni en ninguna otra fecha. Es imposible pensar que un siniestro de tal magnitud hubiese podido ser ocultado a la policía. Además, la historia básica en la que se cimentó el rumor y el montaje es apócrifa, dada la falsedad de otro importante hecho constatado: Los Beatles estaban de vacaciones el 9 de noviembre de 1966 y no utilizaron ‘Abbey Road’ hasta que volvieron a reunirse el 24 de noviembre. Ni siquiera es seguro que McCartney estuviese en Londres mientras las vacaciones duraron. Seguramente estuvo en Liverpool, como veremos más adelante.
¿Es cierto que ya en enero de 1967 se rumoreó que Paul había muerto en un accidente de coche ocurrido ese mismo mes en Londres?
Sí. El 7 de enero de 1967, antes del montaje de la historia en sí, se extendió el rumor en Londres acerca de la supuesta muerte de McCartney en un accidente de tráfico causado por el hielo en la M1, en los alrededores de la capital británica. La noticia se emitió por una emisora de radio, pero cuando un agente de prensa de Los Beatles trató de comprobarla llamando por teléfono a la casa de McCartney en Cavendish Avenue, el propio Paul contestó las llamadas y, por supuesto, desmintió la noticia: había estado en casa todo el día y ni siquiera había utilizado el coche. Un artículo que contaba estos hechos apareció en un ‘Beatles Book Monthly’ de febrero de 1967. Se cree que este falso rumor y la conmoción que creó en apenas unas horas fueron los que incitaron a Los Beatles a crear la historia de la supuesta muerte de Paul. Tuvieron tiempo más que suficiente (6 meses) para sembrar ‘Sgt Pepper’ de pistas y claves falsas. Y las que a ellos no se les ocurrieron, las inventaron investigadores y aficionados de toda índole.
¿Se basó el falso rumor de 1967 en algún hecho cierto?
Sí. Al parecer, hubo un accidente de coche a finales del 66 o principios del 67 y en ese accidente hubo un beatle implicado… sólo que no era Paul. Era Lennon, y el suceso no causó la muerte a nadie. Se trató únicamente de una pequeña colisión nocturna en circunstancias no aclaradas pero que pudieran estar relacionadas con la escasa pericia de John Lennon al volante. Lennon sufrió otro accidente de coche bastante más grave en los 70 y en esa ocasión también conducía él. El falso rumor de enero de 1967 acerca de Paul se creó, con toda seguridad, a partir del accidente real de John a finales del 66 o principios del 67.

¿Sufrió Paul McCartney algún percance que justificará el diente roto y las pequeñas cicatrices que tenía a finales de 1966?
Sí. Muchos fans de Los Beatles se dieron cuenta de las pequeñas cicatrices que McCartney tenía en la cara (y más en concreto, en la zona de la boca) Y muchos también se dieron cuenta de que Paul lucía un diente roto en el vídeo promocional de ‘Paperback Writer’ (vídeo que, por cierto, había sido grabado en mayo, meses antes de los supuestos hechos de la noche del 9 de noviembre del 66) La verdad es que Paul sí sufrió un accidente en noviembre de 1966, pero no fue de coche ni se mató como consecuencia del mismo. El accidente fue de moto. Paul estaba de vacaciones en noviembre del 66 y pasó unos días en casa de su padre, en Liverpool. Allí se encontró con Tara Browne, el famoso heredero de la fortuna de los Guinness, amigo de Paul y de su hermano Mike. Una tarde, Tara y Paul McCartney salieron en moto para visitar a una tía de Paul y Mike. El beatle tomó una curva a excesiva velocidad y se salió de la carretera, golpeándose y siendo despedido por encima de la valla protectora. El accidente ocasionó a McCartney diversas rozaduras en la cara, un corte en el labio superior y daños en su dentadura. Para evitar publicidad, se avisó al doctor de la familia para que cosiera la brecha del labio, que era la herida más seria. De este pequeño percance es de donde salieron las posteriores cicatrices y marcas y no de la fantasiosa operación de cirugía estética a la que William Campbell habría debido de someterse para acentuar más su parecido con el beatle desaparecido. Apuntemos un par de hechos más: (1) Paul se dejó bigote para ocultar la cicatriz del labio y, de paso, creo una nueva moda internacional una vez que los demás Beatles le copiaron el mostacho (2) Tara Browne falleció en un accidente de automóvil a finales de 1966, al saltarse un semáforo en rojo. Fue este accidente mortal de Browne el que inspiró parte de la letra de ‘A Day In The Life’, y no la inexistente muerte de McCartney.
¿Se separó Jane Asher de ‘Paul’ justo después del hipotético gran cambiazo de noviembre de 1966?
No. Ésta era una de las pruebas preferidas de los investigadores de la muerte del beatle. Paul muere en 1966 y Jane Asher deja a su doble a principios de 1967, asqueada por la operación pero obligada a no revelar nada. Sugestivo, pero falso. Falso es que el joven músico muriera y falso es que Jane Asher le dejase a principios de 1967. De hecho, la pareja anunció su compromiso oficial el 25 de diciembre de 1967, después de más de cuatro años de relación. El noviazgo se rompió en algún momento posterior a junio de 1968 y no, desde luego, en enero de 1967.
Entonces ¿las supuestas pistas y claves de la falsa muerte no existen?
Sí, existen. Precisamente es lo único que de verdad existe en toda esta historia. Los Beatles decidieron colocar diversas claves sobre la ficticia muerte de Paul en varias canciones y portadas de sus discos, a partir de 1967. Las claves o pistas hacían alusiones indirectas al falso accidente de tráfico y a la falsa desaparición de McCartney. Estas claves existen y se pueden encontrar, pero son una broma de los Fab Four, que eran bien conocidos por su sentido del humor. Hay todo tipo de claves que pueden verse en la portada de ‘Sgt. Pepper’ y ‘Abbey Road’ y otras muchas pueden escucharse en algunas canciones de Los Beatles si se dispone de la imaginación suficiente pero todas ellas (a) tienen su explicación (b) deben tomarse como parte del montaje o (c) sencillamente fueron inventadas por fans dispuestos a descubrir la terrible conspiración que ocultaba la muerte de Paul McCartney.

Abbey Road: La portada más conocida de los Beatles, con los cuatro cruzando el paso de cebra. En realidad se trata de una alegoría del entierro de Paul McCartney. John va el primero con un impecable traje blanco, representando al sacerdote. Ringo va detrás. Su traje es negro, como el de los empleados de pompas fúnebres. George cierra la comitiva vestido de pantalón y camisa vaqueros, representando al enterrador. Entre Ringo y George está Paul, el muerto. Es el único que lleva el paso cambiado, simbolizando que está en otro plano. Es el único que va descalzo (los muertos no necesitan zapatos) y es el único que lleva un cigarrillo, seguro que por aquello de «cenizas a las cenizas». Pero lo más morboso de todo es que tiene los ojos cerrados…
Además, en la matrícula del Volkswagen aparcado en la acera puede leerse: «28 IF» (28 SI, en español). Paul McCartney habría tenido 28 años si hubiera estado vivo en el momento de la foto.

La misteriosa foto de William Campbell que aparece en el ‘Doble Blanco’ es realmente de Paul disfrazado. El parche bordado que luce en su casaca de la portada de ‘Sgt Pepper’ y en el que se lee ‘OPD’ no significa ‘Officially Pronounced Dead’ (Declarado Oficialmente Muerto) sino ‘Ontario Police Department’, y le fue entregado por los servidores del orden de la ciudad canadiense. La foto de espaldas en el interior de la carpeta de ‘Sgt Pepper’ no se tomó así para indicar nada siniestro, sino porque Mc.Cartney no estaba en Londres cuando se celebró esa sesión de fotos (estaba en Estados Unidos) Paul no aparece descalzo en la portada de ‘Abbey Road’ para insinuar su muerte, sino porque se acababa de quitar las sandalias que llevaba puestas, debido al caluroso día. John no dice ‘I buried Paul’ (’Yo enterré a Paul’) al final de ‘Strawberry Fields’, sino ‘Cranberry Sauce’. Las interpretaciones de las letras de varias canciones de ‘Sgt. Pepper’ son sólo eso, interpretaciones bastante imaginativas. Y así podíamos seguir durante horas. Todo era una broma.
¿Cuáles son las pistas que los propios Beatles colocaron?
Desde luego, algunas de las pistas falsas sólo pudieron ser creadas por los propios Beatles, que fueron quienes pre - diseñaron y dieron el visto bueno a la carpeta de ‘Sgt Peppers’ o a la de ‘Abbey Road’, por ejemplo. El parche ‘OPD’ es una buena muestra. Aunque su origen fuese la policía de Ontario, las iniciales y el hecho de estar en la casaca de Paul son circunstancias que sólo el grupo pudo establecer. La foto con Mal Evans de espaldas ocupando el lugar de Paul entra dentro de este grupo de ‘auténticas claves falsas’. Lo mismo podemos decir de muchos otros pequeños detalles que pueden verse en ‘Sgt Peppers’, como (a) el arreglo floral en forma de guitarra que se ve a los pies del grupo, en el que parece leerse ‘Paul?’ (b) el ‘Aston Martin’ de juguete que aparece en la parte derecha, cerca de una muñeca (c) George Harrison apuntando a una sugestiva parte de la letra de ‘She´s Leaving Home’ (”Wednesday morning, at five o clock…” ) y (d) el truco del espejo, probablemente la mejor de todas y descubierta recientemente. Si tomáis la portada de ‘Sgt Pepper’ y colocáis un pequeño espejo perpendicularmente en la mitad horizontal de la frase ‘Lonely Hearts’ (la que aparece en el bombo de la banda) de tal modo que cada letra quede dividida en dos por el espejo, veréis cómo os aparece un mensaje oculto que dice “1 One IX He Die”, es decir “9 11 Él muere’. El pequeño rombo contenido en el mensaje apunta directamente a la foto de Paul Mc.Cartney, así que no puede estar más claro ni ser más lapidario: Paul muere el 9 de noviembre. Esta clave, ingeniosa como ninguna, fue descubierta por un estudioso del tema, un tal Gary Patterson, cuando supo que el diseñador del logo del bombo fue un tal Joe Ephgrave. Se fijó en que la palabra ‘Ephgrave’ parecía una contracción de ‘Epitaph’ y ‘Grave’ (epitafio y tumba) y conociendo la obsesión que Lennon sentía por Lewis Carroll y su ‘Alicia en el País de las Maravillas’, este investigador comenzó a hacer pruebas con espejos y encontró la pista, tan falsa como cualquier otra, pero indudablemente colocada por Los Beatles.
¿Fue la historia de la muerte de Paul una creación de los medios de comunicación?
No. La creación corrió a cargo de Los Beatles, que tal vez esperaban que el asunto fuese una broma divertida. La difusión sí fue cosa de los medios. Nadie prestó ninguna atención hasta octubre de 1969, cuando el montaje fue destapado por un par de emisoras de radio norteamericanas (la WKNR - FM de Detroit y la WMCA - AM de Nueva York) que se lo creyeron todo y lanzaron al mundo la noticia de la posible muerte oculta de McCartney. El 12 de octubre de 1969, una llamada anónima anunció los hechos a Russ Gibb, un locutor de la WKNR. El 21 de octubre apareció un artículo titulado ‘Is Paul Dead?’ en un diario de Chicago. Y Alex Bennett, de la WMCA, viajó a Londres para ‘investigar’ los hechos y terminar de embarullarlo todo. Bennett regresó diciendo que todo apuntaba a la muerte de Paul y que la única manera de probar lo contrario era comparar las huellas dactilares del músico tal y como eran en 1965 con las del suplantador Campbell de 1969. Hasta hubo un programa de TV en el cual Peter Asher (hermano de Jane y mitad del dúo ‘Peter & Gordon’) y Allen Klein (entonces mánager financiero de Los Beatles) se hartaron de desmentir la ficticia muerte. Nadie les hizo caso. Tampoco se lo hicieron al propio Paul cuando, saliendo de su retiro en Escocia, negó tajantemente la historia. La broma había escapado ya al control de todos y consiguió perpetuarse hasta nuestros días. Lo creáis o no, hay todavía un sector de fans de Los Beatles que sospecha seriamente que McCartney dejó la vida en alguna carretera inglesa, un miércoles 9 de noviembre de 1966, a las 5 de la madrugada. Sin embargo, como os hemos expuesto en esta segunda parte del ‘Expediente Paul Is Dead’, tal creencia es, sencillamente, un ingenioso disparate patrocinado, eso sí, por los propios Beatles.

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS X

Steve McCurry: “Cuando me encontré con la niña, reconocí la magia de su mirada, repleta de miedo”

¿Miedo a la muerte?
Uno debe temerle a la vida, no a la muerte… dijo una tarde inspirada la lúcida y genial Marlene Dietrich…

Este bellísimo rostro de magnéticos e intensos ojos verdes, de mirada limpia y desafiante, cautivó al mundo en Junio de 1985 después de aparecer en la portada de National Geographic. Steve McCurry, el autor, había viajado un año antes hasta Pakistán. A Peshawar, donde montó un pequeño estudio portátil en el campo de refugiados Nasir Bagh. Ahí tomó cientos de fotografías. Entre ellas, la de una niña de 12 años de la etnia pashtún, a la que ni siquiera pidió su nombre. Era huérfana, sus padres habían muerto durante los bombardeos de los soviéticos a Afganistán, y había tenido que huir junto a su abuela y su hermano. Lamentablemente, existen lugares donde las encrucijadas son un lujo demasiado caro. Aquella cara de tez morena, enmarcada por un sari rojo, irradiaba autenticidad. Rebosaba atractivo. Esa mirada profunda, sincera y serena traspasaba la piel de quien la veía por primera vez. Su tristeza no mostraba esperanza. Y aún así, contagiaba una resistencia decidida ante el horror de la guerra. Te bautizaba con aguas turbias. No estaba humillada ni hundida, no estaba pidiendo ayuda. No estaba ni siquiera posando para el fotógrafo…
Pero Steve la inmortalizó.
Se recibieron más de 2.000 cartas de lectores interesándose por la vida de la niña sin nombre. Sin duda fue un gran impacto. Dejaba huella…

Quizás estemos contemplando uno de los iconos de la fotografía mundial. El retrato perfecto. Un primer plano de una Gioconda que a pesar del sufrimiento, aún tiene arrestos para mirar con descaro.
A raíz del éxito obtenido por la revista, Steve McCurry comprendió que debía encontrar a la niña. Una búsqueda que duró 18 años. El fotógrafo realizó numerosos viajes a la zona hasta que, en enero de 2002, se embarcó en un nuevo proyecto, un documental para la televisión que se estrenaría en el año 2003 con un clarificador título. “Niña desaparecida: misterio resuelto”. El final de esta apasionante historia. Sí. La había encontrado. Localizó a la niña transformada en una mujer de 30 años. Se había casado con Rahmat Gul poco después de aquella fotografía y había tenido cuatro hijos, uno de los cuales murió al nacer. Se llamaban Robina, Zahida, y Alia.
¡¿Pero cuál era su nombre?!
Sharbat Gula.
Vivía en una aldea remota de Afganistán, era una mujer tradicional pashtún, por supuesto. Una más en un lugar donde una menos tampoco importa. Había regresado a su país en 1992. Nadie la había vuelto a fotografiar hasta que se reencontró con McCurry y no sabía que su cara se había hecho famosa. La identidad de la mujer fue confirmada al 99,9% mediante una tecnología de reconocimiento facial del FBI y la comparación del iris de ambas fotografías.


“En el mismo instante en el que la vi, supe que era ella. Estoy absolutamente seguro. La complejidad de emociones que expresaban sus cautivadores ojos en la primera fotografía continúa en ellos. ¿Es miedo, se trata de un trauma o de una vida atormentada? Sea lo que sea, es muy hermoso”. “Me confesó que había tenido una vida muy difícil”…
Tras lograr el permiso de su marido, Rahmat, McCurry cumplió su sueño de fotografiarla otra vez. En esta segunda fotografía tiene mi edad y parece mi abuela. Con todos los respetos. Aunque odio esta frase. Pero es una realidad.
En su mirada han fabricado un nido de odio. Es impactante comprobar lo que han hecho esos 18 años en un campo de refugiados y en un país en continua guerra, un país azotado por el régimen talibán y la campaña militar de EE UU. Nos hallamos ante un rostro duro. Curtido. Zarandeado por un viento que le dejó cicatrices en el alma, cansado de tropezar con el hambre, con la pobreza, con las guerras…

Su gesto es airado e impertinente. Y no me extraña. Sin embargo, la resignación es el verdadero burkha que se ha fundido en su otrora hermoso rostro apagando los focos de esos ojos inolvidables…
La sociedad que publica la revista creó en su honor un fondo especial de ayuda al desarrollo y creación de oportunidades educativas para las niñas y mujeres afganas.

McCurry es uno de los fotógrafos más conocidos de la Sociedad National Geographic, recientemente galardonada con un Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2006.
Especialista en fotografiar las consecuencias que producen desastres y conflictos armados tanto en la psique y en la fisonomía de sus víctimas como de los verdugos. Posee un instinto innato para captar la esencia de los sentimientos humanos. Está fascinado por el hermoso contraste cultural del continente asiático, muestra al público estos pueblos a lo largo de una larga trayectoria humana que recoge a modo de peregrinaje.

Nació en Filadelfia en 1950. Estudió y se graduó Cum Laude en la Universidad estatal de las Artes y Arquitectura de Pensilvania. Trabajó dos años en prensa antes de abandonar el mundo civilizado y convertirse en un verdadero amante de La India. “Allí aprendí a mirar y esperar en la vida. Si eres paciente, la gente acaba olvidándose de tu cámara y su alma quedará reflejada en tu instantánea” comenta McCurry.

Ha viajado por todo el mundo dando evidencia de la crudeza de los conflictos del mundo, incluida la guerra de Irán-Irak, la desintegración de Yugoslavia, Beirut, Camboya, Filipinas, la guerra del Golfo y el conflicto de Afganistán.

McCurry es considerado por numerosos críticos, el autor de la foto más reconocible de los últimos tiempos y gracias a la joven afgana su trabajo se ha visto reconocido por innumerables asociaciones en todo el mundo.

Posee numerosos premios y galardones recogidos a lo largo de su extensa carrera. Entre ellos destacan el Premio al Fotógrafo del Año en 1984 por la Asociación Nacional de Fotógrafos de Prensa, cuatro primeros premios en 1984 en el World Photo Contest, y el premio al Fotógrafo del Año en 2002 por la revista American Photo.

Puede que nos equivoquemos con esta mujer, puede que nos equivocáramos con la niña, porque aunque creemos que vemos lo que en realidad es, sólo vemos lo que aparenta…

Ay…

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS IX

El misionero y el niño- Michael Wells

Hoy no necesito soltar discursitos para comentar la foto. Los adornos son inútiles. Esta vez sí se confirma el tópico. Una imagen vale más que mil palabras.
¿Qué se puede decir cuando sólo se puede sentir? ¿Cuando sobran las palabras y faltan los hechos?

Estamos apoltronados navegando por Internet. Un día que no recordaremos dentro de 3 años, qué aburrido. Necesito información. Más, más y más. Y de repente, nos topamos frente a una fotografía sin artificios. Simple. Tan poco hecha que está cruda. Seguro que estás masticando alguna galleta de chocolate o bebiendo una Coca cola. Normal. No debemos sentirnos culpables por tener la costumbre de comer tres veces al día cuando no tan lejos de aquí como creemos, otros sueñan con poder echar un bocado cada tres días, no es nuestra culpa…
¿No?
Esta imagen fue tomada en abril de 1980. En Karamoja, al noroeste de Uganda. La prestigiosa revista World Press Photo le entregó a Michael Wells el premio a la mejor foto de aquel año. Milton Obote gobernaba Uganda después de que Tanzania hubiera invadido el país para derrocar al dictador Idi Amin, que apoyado por los militares, había ajusticiado a casi 300.000 ugandeses. Una minucia. Pero Obote tampoco era la solución. Era el antecesor de Amin. Y esta vez tampoco había llegado al poder después de unas elecciones democráticas…
¿Hacía falta decirlo?
¿Qué se podía esperar de un tipo así?
El país no mejoró. Uganda seguía en ruina. No nacían niños, nacían pobres. El hambre se respiraba, las condiciones de sanidad eran nulas. Y eso es ser optimista. Una misionera española llegó a decir, “En los campos no se vive, se sobrevive”.
Michael Wells reflejó todo eso en una imagen. Y nos obligó a mirarnos al espejo. La fotografía es impactante, muestra la miseria, la insensible dejadez de occidente. No es una foto, es un grito. Sólo dos manos, una blanca y otra negra. El misionero y el famélico crío ugandés.
Yo me callo y bajo la cabeza…

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS VIII

”Lunchtime Atop a Skyscraper” (”Almuerzo en lo más alto de un rascacielos”) - Charles C. Ebbets

¡Vértigo! ¡Vértigoooooooo!!!!
No, evidentemente no me refiero a la magistral película del mago del suspense…
Cuando echo un vistazo a la foto de Ebbets mi cabeza da vueltas. ¿No os pasa? No sé si las calles de Nueva York giran a mi alrededor o soy yo quien vuela en helicóptero en torno a los trabajadores…
Ay…
Si me echaran el guante en una guerra y quisieran torturarme sólo tendrían que colocarme contra una pared en la que estuviese colgado este póster. Después de 5 minutos contemplándola fijamente no descarto que empezasen a aparecer los primeros síntomas graves…
Náuseas , vómitos, sudoración…
O algo peor…
¿Estáis seguros de que no nos podemos caer?
¿No es absorbente?
La verdad es que me encanta…

¿Estaban locos?
¿Simplemente eran otros tiempos?
Me recuerda a una secuencia de “Cadena perpetua”. Los reclusos de la película han pasado toda la tarde a pleno sol echando brea en un tejado. Trabajo duro. Y en la escena a la que me refiero, están tomando unas cervezas que saben a gloria. Que se han ganado gota a gota…
En ambos casos, llevan el mismo tipo de sombreros, esos petos que está claro que no son Dolce&Gabbana y esas camisetas interiores blancas como las que llevaba mi abuelo. Conservan ese aire de los hombres de siempre. Rudos pero honestos. De los que se carcajearían de los “metrosexuales”…
En cierto modo, los dos grupos de caballeros de andar por casa a los que que me he referido, son esclavos de la misma época, ¿No creéis?

Las tiendas de pósters y las de decoración están hartas de vender esta imagen… Bueno, tanto como hartas… Digamos que están acostumbradísimas de que entren a comprarla. Seguro que la habéis visto en restaurantes o en casas de amigos…
¡O la tenéis en vuestra casa!
Es una de las fotografías más emblemáticas del antiguo Nueva York y una de las dos más famosas de Charles C. Ebbets -la otra es “Resting on a Girder”, similar a ésta pero con los obreros echando una siesta tras el almuerzo. Os garantizo que también marea…
Y puede que más…
Pero la que tenéis delante tiene “algo”. Es más real. Parece más auténtica.
La imagen fue tomada el 29 de septiembre de 1932, durante la construcción del complejo de edificios comerciales Rockefeller Center, en la planta 69 del Edificio GE (de General Electric), el más alto, conocido hasta 1988 como Edificio RCA porque su principal ocupante era la Radio Corporation of America, que era propiedad de General Electric.
La imagen apareció originalmente en el dominical del dos de octubre del periódico “New York Herald Tribune”. Hasta el año 2003, los derechos de la imagen los mantuvo la agencia Bettman Archive. Durante todo ese tiempo la agencia no atribuyó la autoría de la fotografía a Ebbets (en principio por errores en la identificación del archivo), y por eso no suele aparecer Ebbets en la mayoría de las múltiples copias y pósters que se han hecho…

Está tomada en la planta 69 de las 70 que tiene el edificio GE del Rockefeller Center.
En ella vemos a 11 trabajadores comiendo su almuerzo, charlando, leyendo el periódico. Sentados sobre una viga a 850 pies de altura, a unos 250 metros del suelo. La mayoría canadienses, indios e irlandeses. Ebbets quería denunciar las precarias condiciones laborales que tenían los obreros después de la Gran Depresión.
¿Es un posado para la foto? ¿Es algo que hacían cada día a esa hora?
De todas formas es impresionante. ¿Alguno de vosotros se sabe al dedillo los planes de prevención de riesgos laborales? ¿Qué dirían en este caso? ¿Hay que pedir la dimisión de alguien?

Observando esta imagen percibimos el avance de esta sociedad. O eso dicen…
Muestra la languidez y la insignificancia del ser humano frente a nuestra vanidad. Siempre pensamos que no nos puede pasar nada. Pero si nuestro punto de vista estuviera enganchado en una grúa fijada en lo más alto de un rascacielos, descubriríamos la verdad. Vivimos sobre una viga, chicos…

Charles Clyde Ebbets nació en Alabama en 1905, y a los 8 años tuvo su primera cámara. Fue actor, piloto de carreras, piloto de aviación, cazador… y fotógrafo…

Publicó para los principales periódicos de Estados Unidos, y en 1932 fue nombrado director de fotografía del Rockefeller Center de Nueva York, donde realizó las que seguramente son sus fotos más famosas.

Al año siguiente se trasladó a Florida donde realizó entre otras cosas varios reportajes sobre los indios semiola. Fue el primer blanco al que se le permitió ver y fotografiar la sagrada danza del Maíz verde. Fotografió el huracán que arrasó los cayos de Florida en 1935 y también fue testigo del auge del turismo en la Florida.

Murió el 14 de Julio de 1978 a los 72 años. Durante su vida publicó más de 300 fotografías en medios de tirada nacional.

¡Y esto es todo, amigos!
¿Alguno se apunta a una expedición al Karakorum?
¡Hay que superar el vértigo!

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS VII

Omayra - Frank Fournier

Omayra Sánchez representa la dignidad más descarnada llevada hasta sus últimas consecuencias. Mantuvo la nobleza, la integridad, la calma, en medio de un mundo putrefacto que no quiso o no pudo ayudarla en su agónica y televisada muerte.

Ojalá esta fotografía no existiera, ojalá el volcán Nevado del Ruíz no hubiera arrasado el pueblo de Armero en Colombia, ojalá la moto bomba que necesitaban para sacarla hubiera llegado antes, ojalá los responsables de las televisiones no hubiesen sido tan cabrones e insensibles y ojalá el gobierno colombiano se hubiera preocupado un poco por las víctimas…
Sólo un poco…
Ojalá…
Ojalá no vuelva a repetirse nada parecido…

(28 de agosto de 1972 - †16 de noviembre de 1985)
Omayra Sánchez era una niña colombiana de 13 años. Vivía feliz. Hay gente que es feliz porque no necesita demasiado y otras porque valoran cada segundo. Convivía con su hermano menor, su padre y su tío, durante la tragedia su madre se encontraba en Bogotá en un viaje de negocios. La historia es trágica y espantosa. El volcán Nevado del Ruiz erupcionó y devastó el pueblo de Armero, en Colombia, que no había dispuesto planes de evacuación a pesar de las advertencias de los científicos. En 1985. Hubo más de 25.000 muertos de una población de 40.000 habitantes. Omayra quedó tres días aprisionada en el fango, envuelta en agua inmunda y bloqueada por los escombros de su propia casa. Un infierno. Con un añadido. Entre esos restos, en algún lugar bajo sus piernas, seguían los cuerpos inertes de sus familiares. Cuando los socorristas intentaron auxiliarla, comprobaron que era imposible. Necesitaban amputarle las piernas. Y por supuesto, no había cirujanos ni el equipo médico necesario. Podría fallecer en el experimento, así que la única opción aceptable era traer una moto-bomba que succionara el fango en el que estaba sumergida. Y cada hora que pasaba había más y más…
La solución era el problema. La única moto-bomba disponible estaba muy lejos, tan lejos… Que sólo un milagro podría salvar a la niña. Su destino estaba escrito en el magma que había provocado la catástrofe… Mientras tanto, las obscenas cámaras de televisión transmitían incesantemente, no se perdían ni un minuto de sus últimas horas de vida.
Omayra se mostró fuerte hasta el final. Cuando llegaron los periodistas, encorvada sobre un flotador, que no era más que una cámara de un neumático, escuchó las voces, levantó la carita y les miró. Intentó sonreír… “¡Ay…!”, sintió un dolor pero no soltó ni una lágrima, no gimoteó. “No nos miró con súplica, no estaba derrotada, había mucho de valentía en su mirada”. No decía que le dolían las piernas, sólo que no las podía mover. “Siento frío”, parece que dijo tras uno de esos interminables silencios sin esperanza. Su mirada era profunda, tristona y resignada, pero se la veía tranquila, valiente: “Era una niña toda coraje”…
“Tengo miedo que el agua suba y me ahogue porque yo no sé nadar”, balbuceó en otro momento…
En otra ocasión, apoyó su rostro sobre el neumático, como para descansar. Y estuvo así unos cinco minutos. Alzó la cabeza y pronunció unas frases un poco incoherentes. Sus ojos estaban cada vez más rojos y dejaba las primeras muestras de delirio. “Tengo sed”. Intentó tomar un poco de aquella agua hedionda: “Se lo impedimos y le pasamos otro vaso de agua”, recuerdan los periodistas que presenciaron impotentes su padecimiento.
Cuando los helicópteros pasaban sobre ella, Omayra levantaba sus ojos enrojecidos y los miraba alejarse. “Te juramos, Omayra, que vamos ya a traerte la motobomba para sacarte de aquí”. Los socorristas intentaban tranquilizarla, pero la niña les respondió: “Váyanse a descansar y vuelvan a sacarme”…
Acto seguido, muchos de ellos, desaparecieron. Cuentan las crónicas que no pudieron soportar tanta ternura y que se marcharon todos sollozando…
Por fin, llegó la motobomba en un helicóptero. Funcionaba, pero era muy lenta, y a veces se obstruía por el barro. Omayra no conseguía que sus ojos permanecieran abiertos durante muchos segundos, le habían quitado su blusita de color azul y yacía con su espalda descubierta. No hacía muchas horas, cuando aún estaba consciente, mantenía conversaciones coherentes con los más cercanos. Fueran quienes fueran. Pero a la una de la madrugada comenzó a delirar, cantaba canciones extrañas y un testigo relata que hacia las tres de la mañana le dijo que “ya el Señor la estaba esperando”. “Después cantó la canción de los pollitos”, recuerda el socorrista, que fue su acompañante durante tres noches. Tres interminables noches. Y a la vez, demasiado cortas…
Omayra Sánchez era fuerte, simpática, valiente y hacía sonreír entre lágrimas cuando la televisión transmitía las dramáticas imágenes. Estaba triste por no poder asistir al examen de matemáticas que tenía aquel 13 de noviembre, afligida pero sonriente a las decenas de cámaras, todas impotentes.
Falleció a causa de la gangrena gaseosa, los gases tóxicos que estaban en el lodo por la erupción del volcán la asfixiaron.
Actualmente en el sitio donde padeció su agonía, una valla cuenta su historia.
Otro dato más. El sacerdote del pueblo, en la última misa, tuvo el detalle de sermonear a los creyentes colombianos que residían en la localidad de Omayra, les dijo que no se preocuparan por las avisos, que rezaran a Dios y que se quedaran en Armero. Pero él se fue. Y se salvó…
¿Alguien tiene algún adjetivo o alguna palabra para definir a este sujeto?
El fotógrafo Frank Fournier, hizo una foto de Omayra que dio la vuelta al mundo y originó una controversia acerca de la indiferencia del gobierno colombiano respecto a las víctimas. La fotografía se publicó meses después de que la chica falleciera. En algunas de las fotografías anteriores de esta colección, he contado el arrepentimiento de fotógrafos como Kevin Carter o Eddie Adams. Fournier nunca se ha retractado de haber sacado esta imagen…
¿Será porque ganó el premio World Press Photo de fotografía?
No voy a repetir las mismas preguntas que ya he escrito en otras ocasiones. Cada cual que piense lo que quiera. ¿Hizo bien? ¿Hizo mal?
Yo no soy quién para juzgar a nadie. Aunque a veces tengo opiniones…
Ojalá esta foto sirva para que no nos olvidemos de Omayra.
Aquí os dejo su relato de los hechos para que opinéis…

“Llegué a Bogotá desde Nueva York dos días después de la erupción. La zona a la que necesitaba llegar era remota. Fue necesario manejar durante cinco horas y luego caminar dos y media.
El país estaba en medio de una grave conmoción política, poco antes de la erupción se produjo la toma del Palacio de Justicia por parte de rebeldes del M-19, la cual terminó en un baño de sangre.
El ejército de la zona había sido trasladado a la capital.
Llegué al pueblo de Armero al amanecer del tercer día posterior a la erupción. Había mucha confusión, la gente estaba conmocionada y desesperada por ayuda. Muchos permanecían atrapados por los escombros.
Me encontré con un campesino, quien me dijo de una niña que necesitaba ayuda. Cuando me condujo hacia ella estaba casi a solas, unas pocas personas la rodeaban en tanto algunos trabajadores de rescate ayudaban a otra persona un poco más lejos.
Silencio conmovedor
Estaba dentro de un gran charco, atrapada de la cintura hacia abajo por concreto y otros escombros de casas que fueron derruidas.
Ya llevaba unos tres días en esa situación, estaba dolorida y muy confundida.
Cientos de personas estaban atrapadas a su alrededor, escuchaba sus gritos y luego un silencio conmovedor.
Había algunos helicópteros, prestados por empresas petroleras que trabajaban en las cercanías.
Pero nadie podía hacer nada por la niña. La gente y los expertos en rescate se acercaban, trataban de confortarla.
Al tomar su fotografía me sentí totalmente impotente, sin poder alguno de ayudarla. Ella enfrentaba la muerte con coraje y dignidad, sentía que su vida se le iba.
Sentí que lo único que podía hacer era informar sobre el coraje y el sufrimiento de la niña, y esperar a que la gente se movilizara.
Poderosa
Cuando llegué a ella Omayra ya perdía la conciencia de a ratos. Me pidió que la llevara a la escuela, no quería llegar tarde a clase.
Pasé mi película a unos fotógrafos que regresaban al aeropuerto y logré enviarlas a París donde estaba mi agente.
En el momento no me percaté de lo poderosa que era la imagen, en cómo los ojos de la niña conectan con la cámara.
La imagen fue publicada en París Match y causó impacto.
La gente me preguntaba “¿Por qué no la ayudaste?”, “¿Por qué no la sacaron de allí?”. Pero era imposible.
Hubo escándalo y debates en televisión sobre el papel del fotoperiodista. Al menos hubo una reacción, hubiera sido peor si a nadie le hubiera importado.
Tengo muy claro lo que hago, cómo y por qué lo hago. La foto ayudó a recaudar dinero para ayuda y sirvió para destacar la irresponsabilidad y falta de coraje de los líderes del país.
No había planes de evacuación pese a que los científicos habían advertido sobre el peligro de una erupción.
Hay cientos de miles de Omayras en el mundo, historias de gente pobre y débil. Los fotógrafos debemos crear un puente entre ellos y los otros.
La cuestión es si el poder de la prensa es más importante en la actualidad que antes, debido a la presión que impone hoy por hoy el mercado sobre su trabajo.”

Si alguien tiene ganas de llorar, si deseáis verla en movimiento y necesitás oírla, podéis clicar aquí. “Adiós madre”.

Enlace al vídeo de Youtube: http://es.youtube.com/watch?v=B0_K_3yz-QA

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS VI

Sudanese girl - Kevin Carter.

“Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.
Son palabras de Kevin Carter al recibir el Pulitzer por esta fotografía.

¿Sensacionalismo visual o un trabajo demasiado profesional?
¿Debería haber ayudado a la niña en lugar de hacer la foto? ¿O después? ¿Qué piensas sobre la perversa realidad del periodismo extremo?
¿Hay que pensar globalmente y desprenderse de los sentimientos más epidérmicos para contribuir más eficazmente a la desaparición de la miseria, esa lacra que debería ser tan vergonzosa para el ser humano?
¿Por qué la ética no es más que una minúscula isla deshabitada en el océano nada pacífico que es la política?

Esta conmovedora fotografía fue publicada por primera vez en el New York Times el 26 de marzo de 1993 y como muchas otras, no tardó en recorrer el mundo causando una gran conmoción allá donde se veía.
Kevin sólo buscaba la mejor foto. Y la encontró. Esperó unos veinte minutos a que el buitre abriera sus alas, pero sus deseos no se cumplieron. A última hora lo ahuyentó para proteger a la niña. Según Carter, la niña famélica se recuperó lo suficiente para seguir su camino.
¿Se aprovechó de la situación para flirtear con sus más bajas ambiciones? ¿Para conseguir la fama? ¿Para ser más respetado, y le salió el tiro por la culata? ¿En qué lado de la cámara estaba el buitre? ¿Sólo hay uno? ¿Dos? ¿Millones? ¿Tenemos derecho a juzgar a Kevin Carter?
Algunos dicen que la presencia del buitre no venía dada por la niña, sino porque en ese lugar existía un vertedero. Yo no lo sé. Y que no estaba tan cerca, que es un efecto óptico…
Puede ser…

Kevin Carter (* 13 de septiembre de 1960, Johannesburgo, Sudáfrica; † 27 de julio de 1994, Johannesburgo).
Junto a Ken Oosterbroker, Greg Marinovich y Joao Silva, fueron bautizados por la revista Vida de Sudáfrica como la Bang Bang Club. Los cuatro colegas fueron reporteros gráficos durante el Apartheid. El trabajo del Club fue uno de los factores que incrementó la presión política para acabar con aquella violencia extrema. Algunos periodistas que colaboraban con ellos, cuentan que su jornada empezaba de madrugada y concluía al mediodía. Tomaban las fotografías más escabrosas. Sólo tenían una fijación. Conseguir la mejor foto.
Consumían diferentes tipos de estupefacientes para sobrevivir. Para no pensar. Se jugaban la vida cada día, arriesgaban, tenían que estar siempre a tope, al mil por cien, y eso les creaba ansiedad. Normal, ¿no?
Habían crecido en Johannesburgo, eran tipos duros, insensibles, sus retinas se habían curtido, pero por el día tenían la fea costumbre de dormir las horas que no habían dormido por la noche…
En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán con la intención de tomar fotografías de los integrantes de un movimiento local rebelde. Pero el país pasaba por su peor época de hambruna y eso le impresionó. Sin darle tiempo a una ducha de agua fría siquiera, se topó de bruces con la niña y el buitre. Cerca del poblado de Ayod, el fotógrafo oyó un frágil lloriqueo. Se acercó hasta la niña, tan consumida y desnutrida que no resistía su propio peso. La niña había parado para descansar un momento en su camino a un puesto de alimentación que se encontraba en el campamento de ayuda de las Naciones Unidas. Algunos dicen que estaba a cien metros, otros a mil. Al lado estaba el buitre. Impávido. Aguardando. La foto podía ser grotesca, pero no mucho más que otras que había publicado antes. La realidad enchufó su frío profesionalismo. Actuó como sabía, como siempre. Estaba programado. La idea fluyó sin más. Tenía que sacar la mejor foto, la más impactante. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, evidentemente, pero también ensancharía la sensibilidad de los seres humanos, los ciudadanos de los países ricos posarían su mirada en Sudán. Estimularía una compasión que quién sabe…
Esa humanidad que buscaba, fue la que le faltó a él. No hizo nada para ayudar a la niña.
Y cuando volvió al primer mundo, no pudo escaparse de una pregunta. Fuera donde fuera. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Nadie le entendía, ni siquiera su familia. Se sentía como si viviera encerrado en un cofre sin poder moverse mientras un mago introducía espadas que se clavaban en su cuerpo. Vivía expuesto a las críticas más inflexibles. Y lo peor es que sabía que todas eran irrefutables. Era una pesadilla. Los únicos que no le hacían la dichosa pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.

En abril de 1994 recibió una llamada desde Nueva York. Había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Carter se derrumbó. Ojalá esa bala perdida hubiera sido para él…
Ken escribió un día en su diario: Espero morir con la mejor fotografía de guerra de todos los tiempos en el carrete de la cámara; si no es así, no habría valido la pena.
¿Valió la pena?

El mes siguiente voló a Nueva York a recibir el premio. Lo celebró a lo grande, se emborrachó, incluso más de lo habitual. La guerra en su país se había terminado. Mandela era presidente. Sudáfrica empezaba a florecer mientras la vida de Carter se arrugaba. Puede que el peligro de la guerra fuese su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando como fotógrafo de Naturaleza, pero la muerte de su amigo y la culpa, la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, le habían cazado. Su cabeza estaba colgada en una pared, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho…
Y tenía problemas en casa: deudas, desamor…
Casi nada…

El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter aparcó su furgoneta junto a la orilla del río donde había jugado cuando era niño. Antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia…
Enchufó una manguera al tubo de escape, y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte. No era la primera vez que intentaba suicidarse, pero esta vez el buitre sí abrió las alas…
Su vida es el ejemplo perfecto para mostrar el conflicto interior que tienen que despachar algunos fotógrafos:
¿Sólo los fotógrafos? ¿No nos encontramos todos ante este dilema?
Ser un mero narrador de los hechos o intervenir en ellos…
Ir a lo nuestro, vivir nuestra vida egoístamente o hacer algo por los demás, ser más solidarios…
Porque no nos engañemos, todos somos un poco Kevin Carter, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra…

Kevin dejó una nota póstuma. “Continuamente me persiguen los vívidos recuerdos de las matanzas, los cadáveres, la ira, el dolor los niños desfallecidos por el hambre, heridos, los locos de gatillo fácil, muy a menudo policías, los asesinos ejecutores. Me voy a reunir con Ken, si tengo esa suerte”.

Susan Sontag escribió una vez…
“Como el voyeurismo sexual, la fotografía es una forma como mínimo tácita, a menudo explícita, de animar a que lo que está sucediendo siga sucediendo. Hacer una fotografía es tener interés en las cosas tal y como son, en que el status quo no se altere (como mínimo durante el tiempo que se tarda en hacer una “buena” fotografía), estar en complicidad con lo que hace interesante al sujeto, merecedor de ser fotografiado -incluyendo, cuando éste es el interés, el sufrimiento o la desventura de otra persona”.

Y Edmund Burke respondería en una hipotética conversación. “Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombre buenos no hagan nada“.

Y una mujer anónima aportaría unos datos… “Todos los días mueren en el mundo 12 mil niños. Uno cada siete segundos. Y hablamos sólo del hambre. Y hablamos sólo de la infancia. Pero no es noticia. Y a nadie le abruma la culpa”…

Albert Einstein asentiría. “No esperes resultados distintos si haces siempre lo mismo”…

Y yo, que estaría escondido tras las cortinas, escuchándoles, seguiría mirando por la ventana…

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS V

Eddie Adams (1933-2004), USA, The associated Press. 1968

La primera virtud del fotógrafo es estar ahí, en el lugar y en el momento exacto en el que se produce la noticia.
Y Eddie cumplió la máxima…
Ahí estaba…

Esto es la guerra. Fuera velos Hollywoodienses. Aquí tenemos una de las pruebas más escalofriantes. Pero también puede hacernos reflexionar acerca de otra cosilla….
“Una imagen vale más que mil palabras”…
¿De verdad? ¿Puede una imagen por sí sola mostrar la realidad tal cual es?
Yo creo que hay que situarla, conocer el contexto histórico, social, cultural, familiarizarse con los protagonistas…

En una guerra se producen casos así continuamente, es muy habitual. De hecho, tratan de que no haya fotógrafos presentes…
No nos engañemos, la crueldad que vemos sólo es el primer plato…
Como dice Woody Allen, en una guerra sólo podría ser prisionero. Yo nunca apretaré el gatillo para asesinar a alguien que piense diferente, no crucificaré a nadie en nombre de la patria, ni por una bandera. Y si me obligan a hacerlo, lo tendré claro, habrá que huir…
Seré el cobarde que escriba quién ganó la batalla cuando todos estén muertos…
Pero…

Las guerras nos vuelven inhumanos, terminan embruteciendo a la gente. Aparecen animales incontrolados que días antes nos saludaban con una sonrisa. Y ahora sólo enseñan los colmillos. No todos acabamos así, pero sí demasiados…

Esta terrible fotografía fue tomada el 1 de febrero de 1968. Y ganó el Pulitzer en 1969. Es un documento histórico, uno de los iconos de la Guerra de Vietnam (1959-1975), considerada también como la Segunda Guerra de Indochina, un conflicto entre Vietnam del Sur, apoyado por Estados Unidos hasta su retirada en 1973, y Vietnam del Norte, apoyado por el Bloque Comunista. Eran los años de la Guerra fría.

El hombre que sostiene la pistola es el general Nguyen Ngoc Loan, General en Jefe de la Policía de Vietnam del Sur. Al que le apuntan es un prisionero del Vietcong, recién capturado por el general. Loan improvisó un juicio sumarísimo contra Nguyen Van Lem, se acercó y le disparó un tiro a quemarropa en la sien.
La imagen no tardó en convertirse en un emblema antimilitar. Movimientos pacifistas asumieron la estampa como representación de la brutalidad de una guerra sin sentido, como todas las guerras civiles estaba degenerando en un bucle de venganzas sangrientas, ejemplificaba todo lo que iba mal en Vietnam, el ejército de los EEUU era incapaz de controlar a sus aliados de Vietnam del Sur, tan desalmados como su enemigo, Vietnam del Norte, y utilizaron la foto de Adams como arma arrojadiza contra el gobierno. Dicen que ésta, y las muchas imágenes similares que llegaban desde Vietnam, consiguieron que Lyndon Johnson no permaneciese dos legislaturas en el poder.
Lo más impresionante de esta instantánea es que fue captada justo en el momento del disparo. Si se analiza la fotografía a buena resolución, puede verse la bala saliendo del cráneo… Una fotografía desgarradora. Y no solo existe la foto, también existe un video…

Todo ocurrió durante la “Ofensiva del Tet”. El Vietcong acababa de matar a 34 personas.
Los dos bandos infiltraban efectivos en las líneas enemigas; de acuerdo con fuentes policiales, abundaban los escuadrones paramilitares que buscaban la venganza.
Nguyen Van Lem comandaba uno de estos escuadrones. Según las noticias de inteligencia, había ajusticiado a policías e incluso a sus hijos y esposas en los días previos al 1 de febrero de 1968, entre ellos, a un amigo del general Loan. Y no sólo eso, para comprender mejor al general, deberíamos saber que también había asesinado a la esposa y a los seis hijos de su amigo.

This interpretation long dismayed Mr. Adams, who accepted General Loan’s contention that the man he shot had just murdered a friend of his, a South Vietnamese army colonel, as well as the colonel’s wife and six children. “How do you know you wouldn’t have pulled the trigger yourself?” Adams would later write in a commentary on the image.

Tras la difusión mundial de la foto, The associated Press mandó a Adams que acompañase al general Loan, lo que le hizo cambiar de opinión acerca de él.

“Este tipo es un héroe. Combatía en nuestra guerra, por su pueblo. Había ayudado a construir un hospital en Saigón. Acababa de asistir a la masacre de varios de sus compañeros”.

Adams no estaba de acuerdo con la interpretación obvia de su foto y esto le hizo víctima de la fama de su obra más conocida el resto de su vida:

“El general mató a un Vietcong con la pistola. Yo maté al general con mi cámara fotográfica. La fotografía es el arma más poderosa del mundo. La gente se las cree, pero las fotos mienten, incluso sin ser manipuladas. Sólo son medias verdades.

Lo que la fotografía no preguntaba era ‘¿Qué hubieras hecho tú de haber sido el general en aquel momento y de haber sido tú el que capturó al supuesto tipo malo después de que hubiera volado por los aires a uno, dos o tres soldados americanos?”

Durante el resto de su vida, Adams pidió perdón al general Loan y a su familia por los daños causados. Loan acabó mudándose a los Estados Unidos, pero siempre fue víctima de aquella imagen y no tuvo mucho éxito en los negocios que emprendió, pues siempre era relacionado con el fatídico momento. Adams, harto de sus años como corresponsal de guerra, se reconvirtió en fotógrafo del mundo rosa.

Cuando el general murió, en 1998, Adams envió flores a su familia y una nota: “Pido disculpas, mis ojos están llenos de lágrimas”.

Video de AMY WINEHOUSE. Back to black

¿No es insuperable?

Cierra los ojos…

Qué asco, no podrías seguir leyendo…

¡Que el siguiente párrafo te lo lea tu abuela si hace falta!

El sol achicharra hasta las moscas, es un día de verano, estás balanceándote en una mecedora de mimbre, en el porche de una pequeña cabaña parecida a la del tío Tom, a orillas del río Mississipi, en Nueva Orleans. Se levanta una placentera brisa, un barco de vapor navega ocultándote los campos de algodón que ves cada mañana. Y cuando finalmente la neblina del vapor se desvanece, distingues un andrajoso niño corriendo, persiguiendo al navío con los bártulos al hombro… A la caza de un sueño… Podría ser Tom Sawyer… O Amy Winehouse…

Hace mucho que descubrí a Amy, no pretendo vender una exclusiva a estas alturas, pero aún sigo fascinado por esta cantante. Y compositora, no os olvidéis, no estamos ante un producto prefabricado en una academia de karaoke. Adoro su voz. Es elegante, transmite autenticidad y podría crearse una carrera universitaria de cinco años para descifrar los millones de matices que te hipnotizan en cada canción. Es una voz de otra época, de otro país, de otra raza. El soul es como un vestido de Balenciaga que se ajusta perfecto a su cuerpo. Nació el 14 de septiembre de 1983, así que si mis matemáticas no fallan, tiene… 24 años… Con suerte, su carrera llegará a ser un universo provocativo y embaucador, y si se expande más de lo que consentirían sus más acérrimos detractores, nos va a servir en bandeja de plata tres o cuatro obras maestras. Y no deberíamos echar por tierra a quien tiene la posibilidad de poner un granito de arena en esa probeta en la que disolvemos nuestra felicidad…

Vale, es cierto, su vida es indefendible, pero en cierta manera, su leyenda negra alimenta el mito, potencia su carisma. Niños, no sigáis el camino de Amy, haceos curas… Jejeje… Si por casualidad, no habéis escuchado cualquiera de los dos discos de esta cantante, los recomiendo ardientemente, como si me fuera una comisión en esta lucha…

Su estética es un horror, desde mi compasivo punto de vista. Ese peinado a lo Marge Simpson, esos tatuajes que parecen la obra de un niño de 5 años después de beber 7 tequilas “José Cuervo”, esos vestidos ajustados y minúsculos de colores chillones, el extravagante maquillaje… Y sin embargo, ha creado un estilo, ha cincelado su figura a base de pegotes, pero es personal, se ha convertido en un icono, y si no se estanca y sabe evolucionar, algún día se reirá de sí misma… ¿No podría ser un signo muy transgresor evolucionar hacia la elegancia? Pero seamos sensatos, todos sabemos que dentro de 15 años habrá convenciones de imitadoras de Amy. Como hacen con Elvis en Las Vegas…

He decidido escribir sobre Amy porque hoy me han dicho que si me gusta Amy, me debería gustar Duffy… Y sí, sólo hay que ver en youtube un video de Duffy para dar la razón a quien me ha soltado semejante afirmación. Madre mía… Más que gustarme, me sirve… Duffy me sirve para valorar aún más a Amy…

Con todos los respetos…

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS IV

Hoy vamos a conocer o a repasar unos de los símbolos internacionales del París romántico de mediados del siglo XX.

El beso (Le baiser) - Robert Doisneau (1950)

¿Os gusta, os atrapa? ¿ Has puesto carita de cordero degollado cuando la has estado mirando?
Tengo una guillotina que nunca he utilizado y que resultaría mucho más auténtica llena de sangre… Jejeje..
En serio, ¿Tienes envidia? ¿Crees que Doisneau quiso retratar un hecho concreto y definido o piensas por el contrario, que hay algo más, que desnudó a los protagonistas, que esta foto encarna ese concepto abstracto al que no seré yo quien ponga nombre?
Ay…
Que sensibles…
En 1950, la revista Life encarga a la agencia RAPHO donde trabajaba Robert, un reportaje sobre los amantes de París. Así surgió “Besos” y su obra más significativa: El beso del Hôtel de Ville. El trabajo recorrió toda Francia con gran éxito, y le abrió las puertas del triunfo. En 1951 expuso en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Veamos cómo encontró Robert la inspiración…
Un dia entró en un bar, se encontraba derrotado, cansado de buscar una perla en el Himalaya. Restregaba su cara con esas manos expertas, brioso y saturado, cuando entrevió una pareja que se besaba apasionadamente en el fondo. Como buen fotógrafo, sus ojos no se dejaban cautivar por el movimiento, lo capturaban. Y esa foto impagable, que se perdió para siempre el 1 de abril de 1994, encuadraba un oscuro rincón de la ciudad de la luz. No titubeó, fue a hablar con ellos, se trataba de Jacques Carteaud y Françoise Bornet, dos estudiantes de arte dramático. Les pidió que posaran para una foto frente al Hotel de Ville, una foto que debía parecer tan casual como fueran capaces…
Y no sé si fue por su precisión artística o por la ardiente y espontánea actitud de la pareja, pero la verdad es que el resultado fue tan extraordinario que arrastraron la farsa hasta un zulo, donde estuvo secuestrada durante años…

El día siguiente del singular encuentro, el amanecer sorprendió a Robert Doisneau con la bombilla encendida. Ya tenía la nueva fotografía revelada en su cabeza, había estudiado al milímetro todos los parámetros necesarios, ya sabía cuál sería la composición, la luz, las sombras, había tomado la decisión de difuminar el fondo, tenía a los protagonistas perfectos, el lugar no podía ser más adecuado…
Se besaron delante de los turistas, obviándolos, embebidos en esa sencilla burbuja invisible que los convertiría en viajeros temporales. La foto quedó como un beso robado.

Se exhibió por todo el mundo, y muchos años después, varias personas juraron ser los protagonistas. Para pedir los derechos de autor, claro. Asi fue como aparecio Françoise Bornet y Doisneau no puedo negar la evidencia.

¿ Se casaron Francoise y Jacques? ¿Vivieron felices y comieron perdices? ¿Cuántos hijitos nacieron de esa relación tan “mona”?
“Oh, solo fuimos amantes siete u ocho meses” contó Francoise tiempo después…
¿Una decepción? No, sólo una gotita de realidad en esa atmósfera de cuento de hadas que se había creado…
Doisneau les entrego una foto firmada a cada uno, y hace no mucho, Francoise subastó la suya en 155.000 euros.

¿Puede una mentira o una verdad a medias restar romanticismo a una fotografía? ¿Merma su autenticidad? ¿Podemos hablar de “tomadura de pelo”? ¿ Es cursi o romántico? ¿Cuál sería la diferencia en este caso? ¿No os sigue pareciendo una gran foto a pesar de todo? ¿No os entran ganas de dar un beso de esos?
Ay…
Voy a comerme una media luna de chocolate…

COLECCIÓN DE FOTOGRAFÍAS III

Cargado originalmente por austerleigh

El beso de la vida (The kiss of life -1967) Rocco Morabito

Esta fotografía fue publicada en Julio de 1967 en el Jacksonville Journal y el fotógrafó que captó la imagen fue Rocco Morabito. Al año siguiente le dieron el Premio Pulitzer en la categoría de Spot Photography.

En un primer vistazo observamos dos hombres, dos obreros de las líneas eléctricas.
¿Qué demonios están haciendo? ¿Se besan? ¿Es una postura del Kamasutra? ¿Creéis que es el poster anunciante del día del orgullo gay? ¿O la portada de la revista Zero?
Nada más lejos de la realidad…
R.G. Champion recibió una descarga eléctrica de alta tensión que le produjo un paro cardíaco. Su compañero no lo dudó y acudió en su auxilio. Es precisamente, el plano que congeló Rocco Morabito, asistimos desde un punto de vista privilegiado, al momento en el que su compañero, J.D. Thompson, le practica la técnica de respiración boca a boca para intentar resucitarle.
Le salvó la vida, no fue Dios, fue su compañero…
Y la ambulancia que vino después…
¿No pensáis que es una imagen que tiene mucha fuerza?

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